Me rompieron la vida

Realicé de estas sesiones una a la semana durante dos años. Además de asistir a sesiones de masajes metamórficos, por ella obligados y la recomendación de hacerme sesiones privadas de reiki, con otros miembros del grupo.

-“Como tú tienes dinero y un poder adquisitivo alto, te lo puedes dar y así repartes”. Ese era su argumento.

A las sesiones, me estaba prohibido asistir con el teléfono móvil, así como se me recomendó no tener contacto con nadie del exterior, como por ejemplo mi ex-esposa, mientras durase el “trabajo” del fin de semana de grupo.

También después de cada grupo era recomendable, “cuidarnos porque estábamos delicados”, es decir, no hablar con nadie de lo que habíamos vivido en las meditaciones. De hecho en multitud de ocasiones, a la hora de comer, se nos imponía silencio y no relacionarnos ni entre nosotros (ni con la mirada) ni con los demás.

Continuando con el “sentir”, yo como digo no empecé a «sentir» hasta que dejé mi trabajo, me separé y dejé de tener contacto con mi familia de origen. Fue entonces cuando empecé a obtener reconocimiento de la Maestra.

Otro ejemplo de «sentir» era colocarse en el centro del círculo o por lo menos un poco apartados del resto de compañeros, sentado en una silla baja y los demás sentados alrededor, pero a una cierta distancia. A esto se le llamaba la “silla eléctrica”, porque al sentarse uno allí, se sentía fatal, angustiado, sólo, desprotegido e inseguro, ya que se suponía que la maestra iba a decirte la verdad universal, habitualmente en mi caso que era una “bestia insensible”, un “drogadicto”, que odiaba a las mujeres, que no había perdonado a mi madre, que era un esclavo de mi trabajo, o cualquier barbaridad que por la cabeza se le pasase, para dejarme llorando y destrozado, “por mi bien” y “por la muerte del ego”. Normalmente era voluntario salir y sentarse en la silla eléctrica, de hecho yo lo hacía una vez cada fin de semana, ya que para mí esa era la única manera de “curarme”, de “entregarme”, de”rendirme”, siendo evidente que cada vez que en la silla eléctrica me sentaba terminaba más destrozado, con lo que cuando uno ya estaba lo suficientemente destrozado, no se presentaba voluntario para la silla eléctrica ni para nada, ni para tomar decisiones en la vida, ni siquiera para contarlas, ya que indefectiblemente el castigo psicológico iba a ser de tal calibre, que al final nadie quería sentarse allí, delante de la maestra, para que le maltratase. Y lo que allí dentro se vivía, se lo llevaba uno después a la vida real. Es decir, no te atrevías a hacer ni iniciar nada. Con lo que el miedo y la inseguridad a actuar socialmente te inmovilizaban, relegándote en el peor de los casos, a quedarte en casa sin salir y haciéndote reiki, para salir de ese estado, que era el reiki el que te lo producía.