Me rompieron la vida

Cada conversación, duró unas dos horas y media de teléfono, con lo que yo terminaba agotado, pero al menos telefónicamente, podía decirle que no, cosa de la que no fui capaz con todo el grupo delante.

Todavía, no entiendo como fui al primer grupo, pero lo híce. Yo le había dicho a ella telefónicamente que no iba a asistir y sin embargo como tenía la información de cuándo era el siguiente grupo y dónde se hacía me encontré allí saludando, dando abrazos a la gente que allí estaba, con más efusión que si se los diese a mis hermanos o amigos de toda la vida.

Me parece que en aquel momento de mi vida debía de tener una necesidad de afecto, contacto físico, cariño, apoyo y comprensión que no resistí la tentación de dejar de sufrir de una vez por todas y sobre todo por la vía rápida.

Y así, en el tercer encuentro de grupo al que asistí, me comprometí delante de todos a realizar el taller durante todo el año. Y aunque para mí fue un descanso este compromiso ya que tenía una gran lucha interna, sólo fue un alivio momentáneo, ya que cada vez que asistía al grupo o participaba en cualquier meditación, había algo que me decía que no, que eso no me convenía, que no estaba bien, que algo fallaba, que no entendía nada de lo que allí se hacía, que veía cosas rarísimas y cada vez estaba más confuso y con más miedo.

De hecho al comentar con mi ex-esposa, que de cada grupo salía peor que como había comenzado, me invitó a dejarlo alegando que de un grupo terapéutico lo normal era salir mejor de cómo se llegaba. Al comentarle a la terapeuta sobre esta cuestión me recomendó, no hablar con nadie sobre mi proceso, ya que al hablarlo perdía efectividad y tardaría más en llegar mi sanación.

En otra ocasión le comenté que me había inscrito en un curso de comunicación empresarial junto con la jefa de planta de mi empresa, para mejorar el rendimiento y efectividad en la consecución de los objetivos empresariales, pero cuando la terapeuta se enteró de que lo impartían psicólogos, me dijo inmediatamente que lo dejase, a lo que yo de manera inocente le pregunté  si tenía miedo de la competencia. Nunca volví a ver a esta mujer tan fuera de sí. Le faltaba echar espuma por la boca, me llamó degenerado, enfermo, adicto a los psicólogos y me acusó de faltarle al respeto a la persona que  lo estaba dando todo por mí y mi proceso de curación, para que le pagase con ese insulto y yo qué sé que más sinsentidos me soltó.