Me rompieron la vida

Las meditaciones que en aquella primera ocasión hicimos, fueron por ejemplo;

– Bailar con música ligera y de moda, con libertad y alegría, siguiendo los pasos de los que más tiempo llevaban en ese grupo y que bailaban por cierto con una libertad y una desenvoltura que sólo se ve en personas con estados alterados de conciencia, aunque puedo asegurar que no conseguían aquello con drogas de ningún tipo.

– Vendarse los ojos y “rodar” por el suelo, unos encima de los otros, una vez terminado el baile, sudorosos, relajados y con una sensación de libertad y permisividad, pudiendo tener contacto corporal íntimo (no sexual), abrazos, ligeros tocamientos, apoyándonos en los antifaces que todos llevábamos y preservaban nuestro pudor.

– Masajes en espalda y pies, (masajes metamórficos).

– Presentación uno a uno delante del grupo, sentados en círculo el cómo y porqué estábamos allí. Como en una terapia de grupo normal, la terapeuta respondía con naturalidad a los problemas que cada uno exponía.

Al final del día, en una “ronda”, todos y cada uno de nosotros tuvimos que decir si nos comprometíamos o no a la realización del grupo anual, después de una intervención de la terapeuta de no menos de dos horas, hablando de la conveniencia de decir que sí. Los que llevaban más tiempo y se presuponía que sí que iban a estar, de hecho ya estaban allí como “ayudantes”, también decían “sí”, y digo esto, porque para cuando a mí me llegó el turno, todos los que habían hablado se habían comprometido. Y yo me sorprendí a mi mismo, al no poder decir “no”. Dije que me lo tenía que pensar…que ya estaba en tratamiento en otro lugar, que tenía otros dos terapeutas, pero no pude decir “no”. La terapeuta presionaba de una manera tal y el ambiente grupal del “sí” era tan fuerte, que no me pude negar y lo dejé en el aire, ante lo que me sentí traicionando a mis nuevos amigos, a los que había abrazado, masajeado y con los que me había revolcado por el suelo después de bailar. Fue una sensación de falta de lealtad hacia ellos e incluso a mí mismo, ya que después de las explicaciones de la terapeuta, al decir uno que “no” aceptaba, quedaba como mínimo de tonto, al no decidirse a cambiar su vida de una vez por todas con la fantástica oportunidad que se le estaba brindando.

A partir de aquel día, la terapeuta me llamó en dos o tres ocasiones, para convencerme de la conveniencia de que yo estuviese en el “grupo”. Me recalcaba que no había llamado a nadie más que a mí, porque “sentía” que yo tenía que estar allí. Que era necesario que yo estuviese aunque no podía explicar el porqué, dejando la respuesta a mi pregunta sobre su “sentir” para más adelante con un “ya te llegarán las respuestas cuando estés preparado para entenderlas”.