Crecí en una secta pseudojunguiana

También recordaré siempre un castigo humillante del cual yo mismo fui víctima. De niño tenía un lado caprichoso e inconstante que Gabrielle no alcanzaba a sofocar. Así que para sacar mi lado más humilde y modesto preparó un escenario en el que delante de todo el mundo tuve que lavarles los pies con agua y jabón a cuatro personas, engalanado con una capa dorada y una corona de papel que me disfrazaba de rey.

En fin, unas prácticas que dudo que favorezcan realmente el correcto desarrollo de un niño.

Por supuesto eran muchos los factores que influían en nuestro comportamiento, la represión el más fuerte. Al igual que prácticas que desequilibraban nuestro desarrollo, como lo demuestra el hecho de que no dormíamos con nuestros padres. En efecto, compartíamos cuarto con otro adulto -no siempre el mismo- que se hacía cargo de nosotros y gestionaba nuestro plan diario, ejerciendo de padres temporales. Desraizados de nuestros lazos biológicos o afectivos, pasábamos a ser niños de otros.

Un tema que comentaré más adelante.

Gabrielle dejaba claro en sus explicaciones que cualquier tipo de trabajo físico servía para trabajar también el interior. Es decir que barrer la terraza o cuidar del ganado por ejemplo estimulaba también el crecimiento espiritual y favorecía una evolución interior positiva. No cabe duda de que este razonamiento, extraído de las doctrinas zen orientales, es totalmente acertado.

Lo que lo diferenciaba de otros razonamientos era el hecho de que prohibía estrictamente cualquier uso de otra sabiduría, enseñanza o teoría no aprobada por ella. Un modo de “censura” que aplicaba en la vida diaria, en el comportamiento, en la manera de vestir, en las costumbres. Todo estaba gestionado por ella, y cualquier cosa que no aprobaba debía ser inmediatamente anulada.

Una práctica llevada a todos los elementos que nos rodeaban. De este modo, los adultos no estaban autorizados a emprender cualquier actividad por iniciativa propia y a nosotros adolescentes, nos fue prohibido durante mucho tiempo escuchar música del estilo heavy o rock duro, calificada de satánica y portadora de vibraciones negativas, o por ejemplo vestir ropa ancha, que simbolizaba una tendencia a la dejadez y a la negligencia. Como tampoco estaban autorizados los discman o cualquier tipo de entretenimiento que nos aislase de los demás.

Las bibliotecas personales y de uso común no se salvaban de la censura, y sufrían expurgaciones regularmente. Se controlaba con rigor lo que adultos y jóvenes leíamos y se prohibían los libros políticos, los manuales que trataban de sociología o etnología, y aquellos excesivamente intelectuales. En cambio se promulgaban todos los libros de Jung, de aquellos autores que inspiraron el New Age (Marilyn Ferguson, Capra…), de Castaneda, Alan Watts, Erich Fromm o Khalil Gibran (unos manuales a los cuales Gabrielle recurría frecuentemente en sus análisis, sin embargo con una interpretación muy personal que transformaba su verdadero sentido y los amalgamaba).