Crecí en una secta pseudojunguiana

En nuestros ratos libres compartíamos juegos y actividades de lo más ingeniosos, ayudábamos en los adultos en sus tareas diarias en la granja, y sacábamos provecho de nuestras aptitudes en la música, en la cocina o en el cuidado de los animales.

Fue con algunos de ellos que llegué a compartir momentos de enorme complicidad cuando llegó nuestra desbocada rebeldía adolescente, rápidamente sofocada por las represalias y la temible espada de Damocles que continuamente se alzaba imponente sobre nuestras cabezas.

Llegados a la adolescencia otros no parecían haber sido removidos por esta rebeldía natural. Se sometían sin oposición al rigor educativo y no opinaban. De hecho mirándolo bien creo que ni tan siquiera pensaban.

Al final del día, la hora que precedía la de la cena era reservada para la lectura. Todos, niños y adolescentes con nuestros respectivos libros cuidadosamente seleccionados, teníamos la obligación de presentarnos en la cocina para leer, vigilados por un adulto.

He de subrayar la disciplina exigida, que hacía de alguien que mostraba alguna reticencia o actitud negativa víctima de represalias o castigos. Para los niños estas sanciones eran muy diversas. En los más gentiles te quedabas sin postre o sin película de domingo o incluso recibías alguna que otra dura reprimenda verbal de Gabrielle o en ocasiones algún pequeño azote de nuestros padres ordenado por ésta.

Pero de niños un castigo severo te obligaba a permanecer sentado sobre un pequeño taburete de la gran cocina un día entero, con la prohibición estricta de moverse de sitio, comer, leer o comunicarse con los demás.

La ducha fría era otro castigo en la que por causa de un mal comportamiento dos adultos te cogían desprevenido y te metían vestido bajo una ducha de agua helada. Ya podías llorar, chillar o patalear que no te librabas. Una vez mojado, te dejaban allí solo y se marchaban. Empapado y sollozando, debías pensar en lo mal que te habías portado y en cambiar tu actitud en el futuro ante el temor a nuevas sanciones.

También se llegaba a privar de película o postre a los jóvenes, pero realmente los castigos consistían por ejemplo en prohibirnos temporalmente del contacto entre los unos y los otros, o en ser supervisados las veinticuatro horas por un adulto.

Aun así recuerdo con mucha amargura un castigo extremo que sólo se aplicó en una ocasión, y que sufrió un adolescente brasileño. Gabrielle ordenó encerrarle bajo llave en un habitáculo del hangar que servía para almacenar sacos de trigo, durante unos días, con justas raciones de comida. Las causas del castigo nunca quedaron del todo claras, pero corría el rumor de que lo que este chico había hecho era sencillamente acosar verbalmente, eso si con insistencia, a una chica de la tribu. También se dijo que había intentado “meterle mano”.