Crecí en una secta pseudojunguiana

No se bebía otro líquido que no fuese infusiones o agua, extraída de un pozo y potabilizada gracias a un filtro de carbono.

Cabe destacar que ante la falta de recursos no hubo electricidad en los primeros años. De esta manera el gas butano y las velas se convirtieron durante tiempo en un instrumento indispensable para vivir. Se requerían unas sesenta velas de gran envergadura para iluminar la cocina, y en las habitaciones estaban repartidos ostentosos candelabros que paseábamos arriba y abajo. Era un espectáculo encantador. Iluminadas con esta tenue luz vacilante, las noches se vestían de tonos amarillentos y anaranjados, proyectando fugaces sombras que impetuosas danzaban y se perseguían por los techos y las paredes. (Unos años más tarde se instalaría un sistema de placas solares que haría llegar luz y electricidad a toda la casa).

Cabe decir también que la ropa se lavaba a mano, en unos barreños instalados para ello cerca de un abrevadero situado en los alrededores de la casa. El agua estaba helada en invierno, y se usaba jabón de Marsella (no tóxico) para preservar el ambiente.

Todos, incluidos los niños a partir de los seis o siete años lavábamos nuestra ropa a mano, con la ayuda de cepillos acondicionados para tal efecto.

Se podría decir que los fines de semana se diferenciaban del resto por pequeñas cosas insignificantes. Nimiedades que tenían como objetivo romper la monotonía aparentando diversidad. Pero en el fondo no había un concepto claro de variedad.

De esta manera las noches del sábado estaban designadas para vestirse de un modo más elegante y distinguido. En ocasiones los adultos bebían vino y los niños y jóvenes teníamos derecho a zumo de manzana. Las mujeres y las niñas, maquilladas ostentosamente, se ataviaban con suntuosos vestidos y los hombres y niños vestíamos camisa y pantalón. Siempre supervisados por un adulto, los niños y jóvenes jugábamos después de la cena a un juego de mesa que desarrollase nuestro intelecto (por ejemplo Trivial Pursuit). Los juegos de envite o que implicasen dinero ficticio como el Monopoly estaban prohibidos.

Era el domingo el único día que verdaderamente variaba del sedentarismo que caracterizaba el resto de la semana. La hora de despertar estaba fijada a las nueve, y la comida incluía un postre que generalmente solía ser un pastel o un flan elaborado por las mujeres. Luego por la tarde se proyectaba una película típicamente hollywoodense en una televisión que se hacía servir única y exclusivamente para tal ocasión.