Crecí en una secta pseudojunguiana

Había visto ciertamente como otros que se marchaban de allí sufrían humillaciones, eran vapuleados y duramente criticados, y en ocasiones volvían arrodillados a cambio de una compensación económica u otra sanción de la misma índole. Había visto y vivido muchas cosas que ahora pienso crueles y de una desproporción enorme. Sin embargo nunca vi marcharse por iniciativa propia a una persona que como yo había sido un miembro desde niño.

Y es que duele sentirse traicionado de la noche a la mañana por el seno familiar, que te niega un último abrazo el día de tu despedida, por los sempiternos amigos de infancia, que manipulados mentalmente quebrantan su fidelidad y te dan la espalda. No es tarea fácil abandonar el carácter atávico de una forma de vida específica, las creencias que conforman una ideología con la que se es educado, los patrones de conducta únicamente adecuados a unas circunstancias. Como tampoco lo es adaptarse luego a un entorno totalmente ignorado, deshacerse de una identidad asignada a perpetuidad, reencontrar y desenterrar la propia y enfrentarse finalmente a las vorágines de un mundo desconocido, negado y criticado.

Toda una odisea escrita con tinta indeleble en cada poro de mi piel y que transcribo brevemente pero de forma concisa a continuación, con las anécdotas y sucesos más relevantes.

La historia al completo, llena de curiosos recuerdos y peripecias que guardo arcanamente en mi memoria, ocuparía tantas páginas como para forrar el globo terrestre.

Todo comenzó en el verano de 1986, cuando yo tenía cinco años. Mi padre, recién divorciado de su mujer -mi madre- me llevó consigo a pasar unas vacaciones en una finca situada en las secas tierras del sur de Andalucía, en la población de Sevilla. En ella se había instalado recientemente una comunidad formada por gente de origen belga que esperaba encontrar en el sur de España la tranquilidad y comodidad necesarias para su desarrollo y crecimiento.

Fue la psicóloga que le trataba la que le recomendó vivamente este sitio, diciendo que allí vivían en comuna unas personas que seguían una terapia con una mujer mayor que calificaba de “guía espiritual”, por sus dotes de terapeuta y sanadora. Esta mujer se llamaba Gabrielle.

Era una persona cincuentona de sibilino aspecto que mis ojos de niño recuerdan severa y tierna a la vez. Su crudeza en la mirada, su extraña frialdad, su manera de observar cuidadosamente cada movimiento, cada cosa, mezclado a su carisma, sus afables sonrisas y su suavidad en la conversación y el trato hacían de ella una mujer un tanto caótica. Sin duda sabía escuchar, y ganarse muy hábilmente la confianza y atención de los demás.

Tal vez es por eso que empezó a ejercer de terapeuta en su país natal, Francia, a principios de los años 70. Posteriormente se mudaría a Bélgica, donde conseguiría reunir a un grupo de pacientes que con los años trasladaría a esta vasta finca del sur de España. Allí, decía, podrían dedicarse a múltiples tareas que favorecieran el vital contacto con la naturaleza, como la agricultura ecológica, la cría de ganado o la domadura de caballos. Todo ello con claros fines terapéuticos.

Se decía «psicoanalista jungiana» (aunque años después me enterara que eso era falso), siendo su método de curación el único válido puesto que según ella permitía a cada individuo desarrollarse plenamente como persona y artista en todo su potencial. Y su mentor espiritual era Carl Gustav Jung. Al parecer toda su teoría se basaba, entre otros, en sus aportaciones.