Crecí en una secta pseudojunguiana

Un psicodrama que no destaca por su severidad pero si por su alto grado de desestructuración emocional.

Y es que Gabrielle conocía más técnicas de control mental. Ella, que parecía tener como objetivo crear un mundo “institucionalizado” a su manera, hacía de los miembros de la tribu personas totalmente nuevas sobre las que de forma subliminal podría ejercer un dominio completo.

Así que un modo de apoderarse de un individuo era asignándole un nombre nuevo, que de paso sellaría definitivamente su integración al grupo. Gabrielle lo explicaba como una forma de establecer claramente dos etapas en su trabajo interior, un antes y un después. Un modo de cortar de manera drástica y radical con el pasado para empezar una vida nueva en un mundo nuevo, un universo aislado de la civilización encaminado hacia la verdad y la evolución espiritual. Cambiarse de nombre estaba considerado como un privilegio, una ofrenda del líder que regalaba a sus fieles la salvación.

Llegado su momento pues, el paciente era sorprendido por Gabrielle en el curso de un grupo de sueños. Le hacía sentarse en el medio de la sala y le anunciaba la alegre noticia de que había llegado su hora de “morir” y volver a nacer. Le preguntaba el modo en que deseaba morir, que se escenificaría en el mismo dojo. Habían “muertes” de lo más corrientes; fusilado, apuñalado, envenenado, electrocutado, y otras más originales, cuando alguien pedía morir atragantado, devorado por una manada de lobos o ahorcado por ejemplo.

Todo se escenificaba de una manera muy real e impactante, ambientado con música y efectos de sonido.

Una vez “muerto” el paciente se quedaba quieto y era cubierto con una sábana blanca. Todo el grupo se levantaba entonces y se acercaba a él lentamente, unidos de la mano y formando un círculo a su alrededor. Era la posición del mandala (símbolo gráfico oriental).

Después de leer en voz alta algún pasaje simbólico extraído de un libro, Gabrielle gritaba su nuevo nombre, y tras ella lo repetían todos al unísono.

Al oírlo el paciente levantaba la sábana, se incorporaba y procedía a abrazar a Gabrielle primero, luego Simón, y uno tras otro los demás miembros del grupo, mientras se balanceaban todos al ritmo de una música oriental. Ese momento era la cumbre del trabajo interior, en el cual al protagonista le inundaba la sensación de por un efímero momento ser intensamente amado por todos, con los cuales se fundía en un intenso abrazo. Se sentía aceptado, uno más.

A partir del momento en que alguien cambiaba de nombre debía luchar constantemente con su yo pasado, su antigua identidad, ya que ésta se volvía una temible sombra que supuestamente le perseguiría en sus sueños y se reflejaría en una actitud y postura negativas.

De forma subliminal, una vez realizado el cambio de nombre estás a merced de aquellos que te lo han dado. Bajo este sutil acto de manipulación la tribu no solo te ha dado un nuevo nombre, sino que con te ha asignado además una nueva identidad y en consecuencia una nueva vida. Ha tomado posesión de tu individualidad como ser vivo. Se ha introducido en tu psiquismo, y sin ser conciente de ello, se te ha aferrado al cuerpo como una ventosa, pasando a controlar subliminalmente lo que piensas, lo que dices, lo que sientes y lo que sueñas.