Crecí en una secta pseudojunguiana

Por los dramáticos recuerdos que guardo, pienso que los niños y adolescentes sufríamos este tipo de terapia con más intensidad, siendo una técnica de manipulación que dejaba secuelas emocionales difícilmente enmendables.

Con un ejemplo de un caso real con una niña de la tribu explicaré mejor en que consistía este método.

J. era una niña adoptada por una pareja de origen belga formada por Gabrielle en la tribu. Su abuela materna, única familia que le quedaba, no había podido hacerse cargo de ella y la había dejado en un orfanato. Cuando fue adoptada por la tribu, J. manifestó la voluntad de seguir en contacto con ella, con lo cual pasaba un fin de semana al mes en su casa. Evidentemente, Gabrielle no iba a consentir que una persona no vinculada a la tribu ejerciese un poder de atracción sobre la niña que compitiese con ellos. Así que ordenó a sus padres adoptivos un psicodrama con unas instrucciones muy precisas.

Sabía que la abuela de J. era una fumadora compulsiva, y que su apartamento tenía impregnado en las paredes ese intenso olor a tabaco. Cuando iban a recoger a la niña después del fin de semana que le correspondía, lo que debían hacer sus padres adoptivos era mostrarse enfadados de oler sus ropas y su pelo infestados “de ese asqueroso olor”. La cogían y la metían bruscamente en la parte trasera del coche, cuyos asientos estaban recubiertos con plástico y periódicos, para que “no infestara todo con su olor nauseabundo”. Durante el trayecto, abrían al máximo las ventanillas, aunque J. suplicase entre sollozos que las cerrasen porqué pasaba frío. Pero decían que olía demasiado mal. Una vez llegados a casa, su madre adoptiva había recibido instrucciones de llevarla directamente al cuarto de baño, desnudarla, echar toda su ropa a la lavadora y lavarla frotándola con vigor de arriba abajo.

Todo debía ocurrir, decía Gabrielle, de la manera más desagradable posible para J. Creo que la técnica de manipulación mental se entiende por si sola. Apenas dos meses más tarde, J.manifestó su voluntad de no pasar ni un fin de semana más con su abuela.

Yo mismo fui víctima más de una vez de un psicodrama. Guardo recuerdos más amargos del que sufrí un día que con nueve años, cuando en una ocasión manifesté deseos de ver a mi madre biológica, que vivía en la ciudad.

Gabrielle me llamó al día siguiente en mitad de la comida, y me recriminó en voz alta delante de todos mis deseos de irme con mi madre, argumentando que era algo absurdo y totalmente ridículo. Oía voces de algunas personas detrás de mi que secundaban sus palabras “Claro, vaya tontería”, “Donde va a estar mejor que aquí”, “Quiere irse a una casa de locos”.

Se trataba simplemente de una puesta en escena, en la cual todos seguían unas indicaciones de Gabrielle, que remarcó su show intentando que mi frágil mente de niño le cogiese miedo a la vida más allá de los límites de la propiedad. Me dijo: “No sabes que una ciudad está llena de polución y que puedes coger cualquier enfermedad rara? Acaso quieres llevar una máscara de gas puesta toda tu vida para caminar por la calle?”

No conseguido por la vía afectiva, Gabrielle intentaba como último recurso que yo, con nueve años y medio e ignorante de la vida en ciudad, le cogiera pánico a otro modo de vida que no fuese el rural, el de campo, es decir el de la tribu.

Quería que le tuviese miedo a lo desconocido, a la civilización, es decir al resto del mundo.