Crecí en una secta pseudojunguiana

En otros talleres trabajábamos la arcilla, moldeando con los ojos vendados figuras de formas extrañas, o nos dedicábamos al arte de la pintura con acuarela (especialmente los niños y adolescentes), a la costura, a la confección de pan y galletas en la cocina…

En otras ocasiones también se hacían talleres de reflexión, de respiración, y otros de meditación más intensos. Para éstos últimos nos quedábamos por la noche hasta bien entrada la madrugada haciendo trabajos espirituales asistidos por Gabrielle, que nunca se implicaba, observando siempre con distancia la evolución del ejercicio. En uno de ellos nos colocábamos por parejas, uno en frente de otro bajo una tenue iluminación, para observarnos mutuamente durante largo rato al sonido de una música melódica de flautas y tambores. Debíamos percibir en el rostro del otro reflejos de nosotros mismos, como si estuviésemos mirándonos al espejo.

En otro ejercicio nos estirábamos y asistidos por una persona debíamos ir aumentando progresivamente el ritmo de nuestra respiración, hasta conseguir un estado de alienación mental similar al producido por una droga. Este último ejercicio no era practicado por los niños debido a su alto grado de implicación emocional. Después de estos ejercicios, se debía relatar a Gabrielle uno por uno las percepciones y las visiones obtenidas.

Sin duda cada uno de estos talleres y ejercicios en su base son muy interesantes, y forman parte de unas prácticas que tienen fines terapéuticos.

Sin embargo lo que fallaba, por así decirlo, era esa imperceptible y subliminal forma de manipulación que se hacía patente en todos los terrenos. Como no se aceptaban sugerencias ni críticas sobre un taller no había discusión ni debate posible entre el paciente, el analista o porque no todos los participantes, lo cual realmente no favorecía ninguna evolución. Y lo más destacable es el hecho de que se inculpaba siempre al paciente de cualquier error que hubiese ocurrido en el transcurso de un taller o ejercicio. No se le escuchaba para sacar conclusiones o debatir. La bronca o represalia verbal era radical. Un fallo se atribuía automáticamente a una negligencia propia, a cualquier rasgo de vanidad, narciso o egoísmo que podía caracterizarte. Se trata simplemente de una forma de jugar con el sentimiento de culpa: “Tú mismo te has propuesto de antemano fallar este ejercicio”, “Tú egoísmo ha hecho que te centrases en ti sin percibir a los demás”, “Tu orgullo hace que no asumas tu error”, “Tú, tú, tú”.

En mi opinión, un atentado contra los derechos fundamentales de una persona. Una manipulación de tales dimensiones que anula automáticamente el hecho de pensar que se está siendo manipulado. “Es mi paranoia”, “Estoy realmente enfermo y solo mi gurú conoce la cura que necesito”.

Unas auténticas técnicas de abuso de confianza que solo pueden ser ejercidas por una secta coercitiva.

Y otra prueba de ello nos conduce a las relaciones afectivas y personales entre los miembros de la tribu, que también eran controladas y “administradas”. De ninguna manera se podía entablar una relación sentimental con otra persona sin ser una decisión tomada exclusivamente por Gabrielle. Ella, que establecía por completo las “reglas del juego”, movía las piezas como si de un juego de ajedrez se tratase. Unas piezas que como un juego mismo tenían unos movimientos bien controlados. De este modo sólo ella formaba y separaba las parejas, pretendiendo ser la única persona capacitada para enseñarnos el amor verdadero.