Crecí en una secta pseudojunguiana

Todo este rigor y control reflejan unas evidentes técnicas de control mental subliminales, que impulsaban incluso a aquellos considerados demasiado intelectuales a abandonar la idea de reflexionar o cultivarse demasiado, hábitos que Gabrielle atribuía a una manera de pensar y de vivir demasiado mental y calculadora. Era simplemente una forma de cortar de raíz la posibilidad de plantearse cuestiones o dudas y la capacidad de valerse por uno mismo.

He explicado hasta ahora la parte ideológica de la terapia y sus métodos. Llevada a la práctica, ésta se basaba esencialmente en unos talleres y unas sesiones llamadas “grupo de sueños”, que Gabrielle regía como «terapeuta». Se hacían del siguiente modo. Los domingos todos debíamos reunirnos en el dojo (en la doctrina japonesa, el dojo es la sala de meditación). En él, se contaban y se daba interpretación a los sueños de cada miembro, que previamente habíamos escrito en una ostentosa libreta de hojas blancas cuidadosamente seleccionada para tal efecto. La asistencia a toda clase de terapia era por descontado estrictamente obligatoria. Ésta se hacía los domingos a las doce y media, y se anunciaba con el sonido de la campana, esa campana que con los años había pasado a emitir en cada tañido un imperceptible quejido lánguido y pesado, que en ondulaciones llegaba a nuestros oídos como una llamada a un compromiso tedioso.

Todo comenzaba con una sesión de meditación, que recibía el nombre de za-zen (tradicional meditación oriental que en japonés significa “meditación sentado”). Para ello se utilizaban unos diminutos bancos de madera individuales (que consistía en la unión de tres tablas de unos 50 cm de largo por 20 de ancho y otros 20 de alto) repartidos formando un rectángulo que rodeaba la grisácea moqueta que gobernaba el centro del dojo. Gabrielle, Simón y otras personas influyentes ocupaban siempre el mismo lateral. La meditación, que se iniciaba y terminaba con el sonido de un gong suspendido en el aire accionado por Gabrielle, duraba veinte minutos.

Se trataba de sentarse en los bancos adoptando la postura tradicional del buda -piernas cruzadas y manos sobre la pelvis-, y fijar un punto imaginario en el vacío, tratando de mantener así la mente en blanco. Es decir, no pensar en absolutamente nada. Se hacía el más absoluto silencio durante los veinte minutos que duraba. Todos, desde niños, nos iniciábamos en esta meditación.

Después se pasaba a contar los sueños, cosa que se hacía por turnos. Para ello existía un pequeño recipiente hecho de caña entrelazada lleno de pequeños cartoncitos con el borde dorado en los cuales estaban escritos los nombres de todos los miembros. Como si de un sorteo se tratase, Gabrielle sacaba del recipiente un cartoncito con un nombre y lo leía en voz alta. Esa persona debía contar su sueño delante de los demás. Y así sucesivamente.