Mis años en una comunidad budista cerrada

La meditación de los domingos

Cuando llevaba ya un año como voluntario regular me invitaron a participar en la meditación de los domingos. Nos sentábamos en círculo y el Rinpoché ocupaba una posición especial.

La meditación empezaba cuando los monjes empezaban a cantar un mantra especial. Aquel canto monótono y repetitivo podía durar un buen rato. Muchas veces algunos monjes movían los brazos de una forma extraña como si estuvieran en una danza, sincronizados por una corriente energética sólo conocida por ellos.

Al cabo de un rato el Rinpoché entraba en un estado especial de concentración. A veces hablaba con una voz ligeramente distinta, otras veces no decía nada. Algunas veces reía como un loco y otras lloraba a moco tendido. Cuando pasaba aquello era porque un «hermano de luz» había tomado posesión de su cuerpo y hablaba por su boca: nos daba ánimos por el gran trabajo que estábamos haciendo allí; otras veces nos amonestaba por las continuas disputas entre los voluntario o entre los monjes; las más de las veces le oí hablar de los “enemigos del monasterio”: magos y personas de mala voluntad que querían hundir a la comunidad impidiendo que se convirtiera en un referente para el Budismo en España.

Aquella puesta en escena ponía los pelos de punta y todos los que estábamos allí creíamos al 100% que la vida del Rinpoché corría peligro, pero el Rinpoché era un gran ser, con un poder inmenso y que los «hermanos de luz» lo protegían sin descanso. Y nosotros nos sentíamos felices de poder pertenecer a aquel círculo más íntimo que nombraba el Rinpoché, donde su energía era repartida generosamente y nos limpiaba de toda la impureza que pudiéramos arrastrar durante la dura jornada de trabajo en el karma-yoga.