Mis años en una comunidad budista cerrada

Cuando paso a ser voluntario a tiempo completo: a trabajar como un enano

Las primeras semanas que fui un voluntario regular en la comunidad, me sentí muy bien, básicamente porque no tenía tiempo para aburrirme. Lo peor era el volver a casa en coche los domingos por la noche ya que siempre había atascos y muchos problemas para aparcar.

El voluntariado tenía unos horarios y normas muy estrictas. Empezábamos a las 9:15, después que los residentes y la gente que estaba alojada allí terminaban el desayuno. La faena terminaba con la oración de la tarde a eso de las 19:00.

Teníamos una hora libre después de comer, aunque casi siempre nos tocaba fregar los platos del restaurante durante un par de horas.

Este tiempo de trabajo voluntario era llamado por todos como «karma-yoga» y se decía que era muy beneficioso para el practicante budista porque hacía acumular muchos méritos. El caso es que todas las personas que participábamos poníamos en ello nuestra mayor ilusión y nuestro mejor esfuerzo. Creíamos realmente que era una gozada trabajar voluntariamente y gratis en un proyecto como aquel.

Naturalmente había trabajos que eran más desagradables que otros, como por ejemplo limpiar los lavabos y las duchas o preparar el gran comedor del restaurante que hacía poco habían montado en las recién adquiridas bodegas del Palau Novella. Algunas chicas tenían suerte y les tocaba ayudar en la tienda de la entrada, allí tenían la oportunidad de relacionarse más con algún monje que solía ser el encargado de llevar la tienda.

El domingo era distinto ya que la oración de la tarde la hacía un monje en solitario. Esto era un sacrificio de todos para poder mantener el monasterio abierto, porque mientras hubiera gente de visita en el museo o en restaurante había muchas cosas para hacer. Lo cierto es que los voluntarios regulares como yo no teníamos ni un sólo instante de descanso. El domingo los voluntarios regulares junto con los residentes y los monjes participaban en una meditación especial guiada por el Rinpoché.

Cuando llevaba ya 6 meses de voluntario regular empecé a constatar lo que comentaba todo el grupo de voluntarios: durante toda la semana trabajábamos en nuestros negocios o asuntos privados, absorbiendo la energía negativa que emanaba de la ciudad, de las empresas, de los transportes públicos. A esto se le llamaba «abajo» o «samsara». Cuando llegábamos los sábados por la mañana los residentes nos miraban por encima del hombro y decían algo así: «Vienes de samsara cargado de mierda, ahora, con el karma-yoga podrás purificar.»

Con el karma-yoga, o trabajo sin descanso ni cuartel, lográbamos eliminar la negatividad acumulada durante la semana.

También sucedía algo curioso. Muchas veces estallaban entre los voluntarios (y muchas veces entre los residentes y los monjes) algunas discusiones bastante tontas pero acaloradas sobre cómo había que hacer alguna tarea. Estas disputas eran debidas, decían, a las personas que visitaban el museo, el restaurante, la tienda y los cursos. Como nosotros, ellos venían de «abajo», de «samsara» cargados de energía negativa. Los practicantes como nosotros absorbíamos aquella negatividad y por falta de control sobre las emociones o por cualquier otra causa, salía de nosotros de aquella forma tan fea; a este curioso fenómeno le llamaban «la carga».

Por este motivo, los monjes que se encargaban de repartir los trabajos no fomentaban que los voluntarios habláramos entre nosotros. Estaba prohibido que nos juntáramos en varios sitios para hablar, especialmente en la entrada. Me sorprendió mucho cuando, a partir de cierto día, nos estimulaban a mostrar una sonrisa tipo anuncio de pasta de dientes, aunque tuviéramos dolor de estómago. De esta forma influíamos positivamente en “la carga” que traían los visitantes.

El domingo, cuando se cerraban las puertas del Palau, la gente se relajaba. Algunos se iban corriendo a sus casas para atender a sus familias, pero otros más afortunados podían quedarse a la meditación especial que ofrecía el Rinpoché, junto con los monjes, el domingo a última hora. A esta meditación no podía acceder todo el público, había que estar invitado explícitamente.

Cuando, finalmente, me iba a mi casa me sentía limpio y purificado. Me pedía una pizza y veía un rato la tele antes de caer rendido.

El lunes y el martes siempre me sentía molido. El miércoles ya me sentía con un poco más de fuerzas y con ganas de que llegara el sábado para poder volver a ayudar en la comunidad.