Mis años en una comunidad budista cerrada

Empiezo mis actividades en la comunidad

Pasaron varios meses hasta que me decidí volver a subir a la comunidad. Básicamente estaba tan estresado del ritmo de vida que llevaba en el trabajo que pensé que otro día en aquel monasterio me iría bien. Me informé en Internet sobre las actividades y decidí hacer uno de los cursos introductorios.

La experiencia fue buena. La técnica era sencilla y parecía efectiva. Pero lo que más me agradó fue el conocer a gente que estaba en situaciones parecidas a la mía y que también buscaban soluciones que aliviaran su estrés o malestar.

Durante el siguiente curso sucedió algo que hizo que el profesor se ausentara de clase y durante aquel rato me sentí como colgado allí dentro. Le pregunté a los chicos de secretaría si podía ayudar en algo, con la esperanza de sentirme útil. Por lo visto el voluntariado era algo para lo que se requería un compromiso firme. Antes tendría que conocer la comunidad y me sugirieron que pasara allí unos días de vacaciones en una especie de mini-retiro guiado por un monje. De esta forma yo iría conociendo la comunidad y vería si realmente encajaba en aquel sitio.

La idea del mini-retiro ocupó mi mente en los momentos libres del trabajo y por la noche, cuando llegaba rendido a casa. Por lo menos serviría para descansar un poco de verdad.

Aproveché que me debían unos días de vacaciones en el trabajo para organizarme aquel mini-retiro en la comunidad. En aquel momento fue de lo más satisfactorio. El monje que guió mi retiro me escuchó y lo que más hizo fue de paño de lágrimas. Le conté toda mi vida y me quedé muy aliviado. …él me dio consejos muy razonables y se ponía como ejemplo a él mismo, que antes de retirarse al monasterio también era una persona estresada.

Aquellos días que pasé en la comunidad fueron como un sueño. Descansé y participé en las oraciones de la tarde como uno más. Comí con los monjes. Fue algo extraordinario.