Mis años en una comunidad budista cerrada

El plan

Aquel lunes, en mi casa, después de comer bien y dormir mejor se me ocurrió un plan. Iba a simular que tenía intención de vender mi piso. Llamé a un monje que se encargaba de pedir oraciones para tales menesteres. El martes a la hora de comer, vino el segundo y me felicitó porque el Rinpoché había visto que ya había purificado la mala energía que llevaba encima.

Aquella semana, varios asistentes quisieron indagar sobre cómo estaba “el tema” de mi casa. Siguiendo mi plan, les conté que había me había puesto en contacto con varias inmobiliarias para que empezaran a mover “el tema”.

El fin de semana todos volvían a ser mis amigos, se desmintió el episodio con la monja, y volvió a reinar la alegría a mi alrededor.

Finalmente el viaje se realizó sin mi. Los quince días que el Rinpoché y varios de los asistentes principales estuvieron de viaje fueron como unas vacaciones para los residentes ya que podíamos acostarnos a las 22:30, que era la hora oficial en que se apagaban las luces.

Poco tiempo después el Rinpoché me pidió que no volviera a mi casa los lunes, que esa era la causa de que costar tanto venderla. Algunos residentes se quedaban los lunes en la comunidad. El lunes no había obligaciones para nadie, cada uno se preparaba la comida y hacía lo que quería.

Sin embargo, yo seguía sin querer renunciar a mis lunes sabáticos. Al cabo de un par de semanas en que yo seguí bajando a mi casa los lunes, volvieron los rumores, las malas caras y al acoso por parte de los asistentes. Esta vez reaccioné rápidamente, y después de dos lunes seguidos sin bajar a mi casa, el Rinpoché me felicitó porque durante su meditación matinal, había visto que yo tendría muy buenos resultado con una práctica especial que me estaba preparando.