Mis años en una comunidad budista cerrada

Las personas “de calidad”

Los asistentes mantenían unos listados de las personas que asistían a los cursos y, sobre todo, los que solicitaban entrevista con el Rinpoché o con su segundo. Yo no tenía acceso directo a aquellos listados, pero un día los vi casualmente y me asombré de que en ellos se calificaba a las personas que solicitaban visita como «clientes», se les clasificaba según su nivel de ingresos o profesión. Además había tarifas de precios diferentes según la clasificación del cliente. La agenda del Rinpoché estaba siempre repleta de lo que él mismo llamaba «personas de calidad».

Ahora comprendía porqué a los voluntarios no se les concedía vista. Era porque pertenecían a un grupo de personas que no interesaba. Si eras alguien con inquietudes espirituales pero con familia que atender, o con un trabajo asalariado normal y corriente no podías esperar tener más una visita privada con el Rinpoché al año. Mientras uno esperaba el honor de ser recibido por el Rinpoché en persona, se le invitaba a participar en el voluntariado de forma regular. Si uno no tenía dinero, al menos podría ofrecer su tiempo al servicio de todos los seres a través de un proyecto como la comunidad.

Me resultó muy difícil de encajar aquella contradicción. El Rinpoché y sus asistentes siempre proclamaban a los cuatro vientos que la visita era gratuita y que se visitaba a todo el mundo sin distinción alguna. La verdad era que la tarifa mínima era de 60 euros la visita y que según en qué categoría estuvieras tendrías la visita inmediatamente o tendrías que esperar meses.

«El Rinpoché se tiene que esforzar mucho en atender a toda aquella gente y le trae más cuenta esforzarse con personas que sean más útiles a la comunidad». Así fue como justifiqué este comportamiento.