Casi dos décadas como numeraria

Todo el dinero que enviaban mis padres para pagar estudios y manutención, pasaba por las manos de las directoras. Yo pedía estrictamente lo necesario para el autobús o la pasta de dientes. Y si necesitaba unos zapatos debía “pedir permiso” antes de reclamar el dinero a la secretaria o “cajera” del centro que habría en horario semanal determinado. El mismo método se seguía una vez que ya gané mi sueldo de profesora. Lo entregaba íntegro.

Cuando acabó esa etapa de formación regresé a Pamplona donde culminé mis estudios a la vez que me ocupaba de labores de formación. Daba charlas a otras personas del Opus Dei, era directora pero en lo bajo de la escala. Hacía trabajos no pagados que son necesarios para que un centro funcione: escribir el correo a las directoras superiores, ocuparme de numerarias enfermas, recoger en la caja del centro los sueldos de las que los ganaban, llevar la contabilidad, atender a las mujeres casadas del Opus Dei cuando venían al centro a recibir “formación”…etc.

En definitiva mi vida entera era el Opus Dei y el Opus Dei era perfecto. No entendía que tantas cosas que yo padecía eran sectarias, contrarias a la ley y al derecho. Por ejemplo, dar todo mi dinero sin ahorrar ni un céntimo, por ejemplo, que mi vida estuviera contada con pelos y señales en los despachos y en documentos usados para el gobierno, que las cartas que recibía fueran abiertas y comentadas por la directora y que debía depositar en su despacho las que yo escribía, que no tuviera intimidad ninguna, que registraran mi habitación en mi ausencia, que controlaran absolutamente todas mis entradas y salidas, que si alguna vez iba al médico, este tenía que ser del Opus Dei y que además era previamente informado por las directoras. Que no podía leer más que los libros publicados por las editoriales del Opus Dei o autorizados por los directores. Todo tenía que ser consultado. Y que este régimen de vida totalmente dirigido no tenía respiro ni en verano ni en vacaciones. Había sido criada a los pechos del Opus Dei y aceptaba la separación que hubo con mi familia y amistades como algo querido por Dios y apoyado por la iglesia.

Alrededor del año 2000 las cosas empezaron a cambiar. Se juntaron diversos acontecimientos que hicieron que en dos años estuviera fuera del Opus Dei, buscándome la vida en libertad y luchando contra todos los obstáculos que me pusieron en el camino para que no pudiera rehacer mi existencia fuera de ese mundo. Mi madre enfermó y descubrí con estupor que al Opus Dei lo único que le importaba de aquella situación era quedarse con la posible herencia que recaería en mí a su fallecimiento. Jamás me había planteado ese problema, ni siquiera era dueña de mi propio sueldo. Nunca hablé seriamente con mi madre de ese tema. Pero observé que el Opus Dei si estaba al corriente y era lo único que estaban esperando para deshacerse de mí.
En el fondo, ellas sabían que no encajaba en sus esquemas, porque “no entendía la Obra” como la manipulación de los demás. Yo la entendía a mi modo, todo era religioso, santo y bueno y no me daba cuenta de las trapacerías y encerronas que se organizan para meter a la gente por el carril que a ellos les interesa.

Un primer suceso que me desconcertó es que cuando empecé a criticar algunas actuaciones que no me parecían correctas en otras numerarias e incluso directoras, la única contestación que obtuve fue que me recomendaran ir al psiquiatra. Hube de acudir al que ellas me dijeron, uno del Opus Dei en Granada. Yo no sabía entonces que cuando una numeraria muestra signos de rebelión la medicación psiquiátrica forma parte del protocolo a seguir. Esto lo he contrastado con otras personas que también han salido del Opus Dei. Yo me zafé de las medicinas, pero la inmensa mayoría de numerarios de mi edad y extracción social que dejan el Opus Dei, lo hacen con unas buenas recetas de pastillas “psi” y con cuadros de depresión, ansiedad y hundimiento existencial. Del Opus Dei nadie se puede ir tranquilamente, a no ser que pertenezca a una familia acomodada, con recursos y poder, con la que la institución prefiere quedar bien.