Casi dos décadas como numeraria

Cuando cumplí 14 años, después de años de siembra, las directoras del Opus Dei decidieron que había llegado la hora de recoger el fruto. Una de aquellas estudiantes universitarias me planteó la vocación de numeraria al Opus Dei. Según ella se trataba de una llamada divina, Dios había pensado en mí desde la eternidad para hacer el Opus Dei y no podía defraudarle. Estas palabras en la niña ingenua que yo era, educada en el más estricto catolicismo me hicieron gran mella. Me las creí profundamente y hasta el final de mis años en el Opus Dei nunca las puse en cuestión. Había ya mordido el anzuelo y fue la primera mentira de toda una larga cadena. Tras unos cuantos meses de persecución literal por parte de las numerarias encargadas y mucho desasosiego por mi parte escribí una carta al jefe del Opus Dei en España pidiendo la Admisión como numeraria. Hay que señalar que era una cría y que esa carta no puede tener ninguna validez, hecha bajo presión, tras un período de brainwashing y mediando mentiras muy serias. Pero mis padres no tenían los instrumentos para saber en qué se estaba metiendo su hija adolescente.

Hoy sé que mi vocación como la de todas las “captadas/os”, la habían decidido en despachos personas a las que yo no había visto en mi vida, pero que habían ido recopilando y poniendo por escrito para valoración y gestión toda la información posible sobre mi familia y circunstancias: económicas, estudios, psicológicas, sociales, médicas, intelectuales, y que tras sopesar los datos suministrados por todas las personas del Opus Dei que nos conocían, habían fallado que se me podía plantear ser numeraria. Les convenía, no era tonta ni pobre. Había discreto patrimonio. Sin esos extremos quizás nunca me hubieran planteado ser numeraria.

Una vez que se da el paso de integrarse como numeraria empieza una nueva etapa. Hay que ir incorporando a la vida muchas horas de rezos diarios. También mortificaciones de corte medieval como cilicios y disciplinas que me consta muchas órdenes religiosas han dejado atrás. Se reciben clases sobre el espíritu de la Obra y la vida se llena de un sinfín de actividades que consiguen que poco a poco se vaya abandonando toda relación que no tiene estricta relación con “ir al Club o llevar a las amigas al Club”. Desde el primer momento se insiste en hacer apostolado, lo que significa que hay que llevar a las conocidas al centro del Opus Dei. Se puede pasar tiempo con una amiga hablando de otras cosas, pero esas conversaciones deben desembocar en que la amiga ha de acudir al centro. Si tras muchos esfuerzos no se logra, es mejor buscarse otras amigas y volver a empezar con la cantinela. Este es uno de los rasgos de sectarismo del Opus Dei, no hay nada que ocupe más el tiempo que el apostolado. Y además falsea todas las relaciones humanas, porque siempre está el motivo fundamental para la amistad que te inculcan, “atraerlas a nuestros apostolados”. Es una predicación constante que no ceja y se celebra mucho a las personalidades con gancho para atraer gente guapa, rica, distinguida.

Con 18 años me fui a vivir a Francia para un tiempo de “formación más intensa” en un centro del Opus Dei en París. Allí se aprende la vida de numeraria, con unos horarios muy estrictos, levantándose muy temprano para limpiar, rezar y asistir a misa en latín en el propio centro del Opus Dei. También la confesión debía de ser semanal y con el cura designado del Opus Dei. No se elige confesor. Y las directoras controlaban estrictamente si las personas se confesaban semanalmente.

Otro medio sectario de control es la charla fraterna que se realiza con la directora cada semana. En ella se habla de las normas de oración y planes de apostolado. Pero también de todas las inquietudes, pensamientos, sentimientos que no se deben compartir con nadie más. Está estrictamente prohibido compartir emociones profundas, objetivos en la vida, conversaciones íntimas entre miembros. Todo lo que una persona siente y vive debe ser contado sólo a la directora que así controla e informa si es necesario por escrito al mando superior. Todo se mezcla en esas conversaciones y en ese “trabajo de dirección”, fundamental para entender el mando que las jefas llegan a tener sobre las mujeres que están a su cargo. Las directoras del Opus Dei saben todo lo que se puede saber de sus subordinadas y deciden domicilios, ocupaciones, estudios, cambios de casa. Es el dominio de la “institución total” de Goffman.