Iglesia de Boston. ¡Salvado!

Para mantener la estricta disciplina interna, la Iglesia asignó a cada uno un “disciplinador”, una especie de supervisor y confesor personal. Era una persona que Dios había puesto en nuestras vidas para ayudarnos a crecer, nos decían. Debíamos aceptar su asesoramiento incluso cuando no estabamos de acuerdo, porque ellos eran más maduros en la fe. Desobedecerles podía considerarse prácticamente una afrenta a Jesucristo.

Se parecía en muchas cosas a las estratagemas empleados por las organizaciones americanas de venta piramidal; era muy efectivo. Cada uno respondía ante su directo superior y las instrucciones se pasaban desde arriba y alcanzaban el rango y la fila de destino en poco tiempo.  La mayoría de los nuevos adeptos solteros se vieron empujados a compartir una vivienda con otros miembros para poder desempeñar un papel más importante en la vida de la organización. Los miembros masculinos o los “hermanos” vivían separados de las “hermanas” y se desanimaba formar lazos sentimentales, salvo si tenían la aprobación oficial de la Iglesia.

Muchos miembros eran bastante jóvenes, a menudo eran estudiantes de alrededor de veinte años. En un entorno de tanto fervor religioso y miras estrechas constituía un gran error conceder a personas jóvenes,  muchas veces ingenuas, un poder absoluto sobre sus compañeros. Aunque la mayoría probablemente tenía buenas intenciones, la rigidez y la limitada visión que el grupo tenía del mundo, resultaba en que la obediencia se hiciera tan importante como el mensaje que LLC predicaba. Se veía con muy malos ojos el individualismo y el desacuerdo.  Los que se negaron a hacer lo que se les mandaban fueron castigados y tildados de “independientes” o de “dividores”. La presión de conformarse a la voluntad de los dirigentes podía ser enorme: la salvación de un individuo podía ser cuestionada públicamente y muchos temieron ir al infierno si se rebelaran o decidieran salirse de la Iglesia. Porque en sus propios ojos el LCC  representaba el único camino hacia Dios, las decisiones de sus dirigentes se equiparaban muchas veces con la voluntad del Todopoderoso. Aunque en privado algunos miembros eran más escépticos, la presión de los compañeros conseguía persuadir a la mayoría para conformarse.