Abandonando el jardín adventista

No lamento del todo mi educación adventista. Sin ella, dudo que tuviera la profunda apreciación de las cosas espirituales que tengo. Por medio de la temprana y constante exposición a la Biblia, adquirí una maravillosa fuente de antigua sabiduría de la cual continuamente descubro, alarmado, que la mayoría de mis contemporáneos sabe muy poco. Sí lamento que mi adoctrinamiento me hiciera tan difícil encontrar un camino que fuera el mío propio, y que continúa interponiéndose entre los miembros de mi familia, que no comprenden ni el camino que he tomado ni a mí mismo.

Vuelvo a visitar mi herencia adventista de cuando en cuando por medio de Internet, y me angustia lo que encuentro. Aunque supongo que podría alegrarme al ver mi decisión de abandonar la iglesia confirmada por lo que ha ocurrido allí en las recientes décadas, todavía es preocupante. Aun después de darme cuenta que ya no creía en la inspiración divina de sus escritos, continué considerando a Ellen White auto engañada, en el peor de los casos. La revelación, a principios de la década de 1980, del alcance de su plagio me llegó como un impacto. Aunque la teología y el estilo de vida de David Koresh se desviaron claramente de la corriente principal del adventismo, la expectativa de persecución de la Rama Davidiana por los enemigos de «la verdad», una expectativa que se cumplió en ellos mismos, apenas difería en sustancia de lo que yo crecí creyendo que experimentaría un día. Más recientemente, he encontrado en extremo perturbador ver los nombres de hombres que una vez conocí y respeté ligados a escándalos financieros en la iglesia.

Las demandas y amenazas de demandas parecen surgir como hongos. No puedo sino asombrarme de cuánto dinero de los diezmos entregados por los fieles para «la obra del Señor» se desvía para pagar honorarios de abogados. La «iglesia remanente» parece haberse convertido, por una parte, en una corporación multinacional más preocupada por auto-perpetuarse que por diseminar el evangelio, mientras, por la otra, se fragmenta en multitud de facciones en disputa. Por supuesto, esto no es nada nuevo en la historia de la religión, el cristianismo, o el adventismo. Y ya no soy miembro de la iglesia. Pero es preocupante de todas maneras.

No me interesa tratar de exponer a la Iglesia Adventista del Séptimo Día como «una religión falsa». En mi opinión, todas las religiones son intentos imperfectos de expresar lo inefable. Argumentar sobre cuáles son «verdaderas» y cuáles son «falsas» me parece sin sentido. Pero algunas reconocen más que otras la naturaleza relativa de las verdades que transmiten. Es aquí donde fallan los adventistas, junto con los que profesan una multitud de fes que afirman tener acceso especial a la verdad. Paradójicamente, mientras más estridentes son las afirmaciones de que se posee «la Verdad», más lejos parece estar la verdad real.