Abandonando el jardín adventista

En mis mejores momentos, cuando me abro a ella, la vida en toda su belleza entremezclada con momentos de horror es una progresiva revelación de lo divino. La mejor representación de esto que conozco es la imagen hindú de Shiva como Señor de la Danza, que simultáneamente trae a la existencia la creación, la mantiene, y la destruye. En una de sus cuatro manos, sostiene un tambor que representa el sonido primordial que trajo la creación a la existencia. Con otra, apunta a un demonio al cual pisotea, una representación de la ignorancia que nos conduce a tomar el momento cambiante por la realidad última. Su tercera mano se extiende en un gesto tranquilizador. En su cuarta mano está el fuego que devuelve todo a la unidad primitiva de la cual surge la creación nuevamente, en la interminable danza de la eternidad.

Encuentro mucho de verdad psicológica en la interpretación agnóstica de la Caída. Según estos primeros oponentes de lo que devino en cristianismo ortodoxo, el que Adán y Eva comieran del fruto prohibido del Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal en realidad resultó en una conciencia de la cual antes carecían. Lejos de ser el desastre representado en la lectura normal del relato, para los agnósticos el comer del árbol fue el comienzo de la penetración en la verdadera naturaleza de las cosas. La obtención de conocimiento es a menudo desorientadora en que desafía anteriores suposiciones acerca de lo que es verdadero y lo que es falso. Yo ciertamente caí en profunda desesperación cuando me dí cuenta que las cosas no eran como se me había dicho que eran. Pero no creo que sería ir demasiado lejos decir que fue también para mí el comienzo de un cierto grado de iluminación. Aunque en ese momento estaba mucho menos que seguro de ello, me siento más que contento de haber seguido, y todavía sigo, por el sendero por el cual me condujeron mis muy dolorosas dudas.