Abandonando el jardín adventista

Aunque mi continuado viaje espiritual me ha llevado a muchos lugares diferentes, muchos de los cuales yo no habría considerado espirituales mientras fui adventista, mi experiencia adventista me ha hecho desconfiar de la religión organizada. Esto quizás me ha convenido de algunas maneras. Insisto en mi derecho a pensar y sentir por mí mismo. Dudo que jamás pueda volver a ser engatusado por algún grupo con apariencias de culto, o por algún carismático gurú. Pero esto también me impide involucrarme en profundidad con ningún grupo. Siento una fuerte afinidad con el cristianismo liberal expresado por la Iglesia Episcopal. Pero no puedo decidirme a decir el Credo, aun cuando me digo a mí mismo que lo entiendo como simbólico, más bien que como literal. Me conmueve mucho la liturgia Ortodoxa Oriental y el sentido de lo sagrado encarnado en sus íconos. Un servicio de Pascua de la Iglesia Ortodoxa Rusa al cual asistí hace algunos años continúa ocupando un lugar muy importante para mí. Pero dudo mucho de que alguna vez encaje en esa comunidad o que de todo corazón concuerde con sus creencias. En el transcurso de los años, he estado involucrado de manera intermitente con iglesias Unitarias-Universalistas. La insistencia radical en la libertad de creencia individual, que es el núcleo del Unitarismo-Universalismo, me agrada muchísimo. Pero aún allí encuentro difícil hacer una entrega última.

Yo no me considero cristiano en el sentido de aceptar a Cristo como mi salvador personal, ni elevo a la Biblia a una posición por encima de las escrituras de otras tradiciones. La idea de una deidad personal que vigila el mundo desde algún lugar en lo alto, y que interviene activamente en los asuntos humanos, es para mí demasiado limitada, un vestigio de tiempos más sencillos y puntos de vista mundiales menos complejos. Y sin embargo, a pesar de todas mis dudas y aprensiones, el cristianismo continúa siendo una fuerza innegablemente vigorosa dentro de mi psique. Los símbolos cristianos resuenan dentro de mi ser como no lo hace ningún otro. Encontrar, como lo hice por primera vez hace algunos años, las grandes catedrales de Inglaterra y Francia, con sus vívidas representaciones simbólicas de la historia cristiana en vidrio y piedra, fue una experiencia abrumadora de Algo mucho más grande que yo, tan grande que todavía no encuentro las palabras adecuadas para ello. Pero también tengo vislumbres de ese Algo dondequiera que estoy, ya sea que esté a la orilla del mar, jugando con mi gato, haciendo el amor con mi esposa, caminando por la calle de una ciudad o por un sendero en el bosque, compartiendo la profunda tristeza en la vida de alguien, presenciando la destrucción y la muerte, y en aquellos momentos fugaces cuando simplemente soy consciente de que existo. El Dios concretamente literal que conocí como adventista es demasiado pequeño para abarcar todo esto. Antes que «Dios», prefiero llamarlo «Misterio», «el Definitivo», o, tomando el término prestado del gran místico cristiano Meister Eckhart, el «Dios Más Allá de Dios» (3).