Abandonando el jardín adventista

Después de mudarme (¿huir?) a California desde Tennessee, me sometí a psicoterapia con un terapeuta que reconocía la dimensión espiritual de mi enfermedad. Por medio de él, me relacioné con la obra del psiquiatra suizo, C. G. Jung. En los muy profundos y voluminosos escritos de Jung, encontré una conexión entre la psicología y la espiritualidad, así como, por primera vez, una manera coherente de entender mi experiencia como un viaje espiritual. Las muchas referencias de Jung a las tradiciones espirituales esotéricas me abrió nuevas puertas. La psicología de Jung se convirtió en el fundamento sobre el cual comencé a construir una nueva perspectiva del mundo y mi lugar en él.

A finales de la segunda década de mi vida, y después de algunos intentos frustrados de hacer algo «práctico», ingresé a la Universidad de California, en Santa Bárbara, para completar finalmente mi escuela superior con un título en estudios religiosos. Por primera vez en mi vida, después de años de educación en escuelas adventistas pequeñas, encontré profesores que parecían ser aliados míos en un campus de más de 15.000 estudiantes. Habiendo descartado el cristianismo junto con el adventismo, al principio planeé enfocar mis estudios en las religiones orientales. Pero entonces tomé un curso en misticismo occidental, durante el cual leí a varios místicos católicos medievales. Me asombró descubrir una faceta del cristianismo totalmente ajena a la tradición en la cual había crecido. También tomé varias clases en cristianismo primitivo, para descubrir que los orígenes históricos del cristianismo diferían grandemente de lo que me habían enseñado en mis muchos años de adoctrinamiento adventista. (Como adventista, tenía la idea de que, excepto por sus togas y sus barbas, Jesús y los discípulos se parecían mucho a los pastores adventistas que dirigían los servicios semanales en la iglesia. Por primera vez desde que me había sentido desilusionado del adventismo, comencé a ver en el cristianismo una expresión válida de espiritualidad, y terminé tomando más clases sobre cristianismo que sobre las tradiciones orientales.

Después de terminar mi carrera de licenciado, asistí a la escuela de post-grado para convertirme en psicoterapeuta con énfasis especial en la acción recíproca entre los aspectos espirituales y psicológicos en debate. Una de mis áreas de especialización es aplicar psicoterapia a antiguos miembros de religiones de tipo fundamentalista (que, según mi amplia definición, incluye a los adventistas del séptimo día), y he publicado algunos trabajos profesionales sobre los puntos psicológicos en debate que un trasfondo como ese tiende a producir (2).