Abandonando el jardín adventista

En el verano antes de mi penúltimo año, tomé una clase de «El Espíritu de Profecía» (la obra de Ellen G. White) con un hombre que tenía fama de ser un gran teólogo y un profesor bien estricto. Casi inmediatamente me di cuenta de que su reputación se basaba en fundamentos extremadamente inestables. Me parecía que este hombre trataba, casi con desesperación, de mantener a raya sus propias dudas mediante una apología retorcida y seudo-intelectual, que guardaba poca relación con las preguntas que supuestamente contestaría. La mayoría de sus estudiantes aparentemente estaban tan confundidos por su posición que la confundieron con profundas verdades más allá de la comprensión humana, mientras luchaban por obtener una nota de pase. Habiendo resuelto su fórmula, obtuve la nota más alta en la clase casi sin intentarlo. Al mismo tiempo, yo era dolorosamente consciente de que ya no creía nada de lo que presentaba en mis trabajos de A+.

Ese otoño, la Semana de Oración de la escuela superior presentó a un orador cuya misión era señalar los puntos débiles de la filosofía moderna. Era la primera vez que yo oía hablar de existencialismo, ética situacional, y otros temas semejantes que estaban de moda en ese tiempo. Sus descripciones de estas nuevas (para mí) maneras de pensar despertaron mi interés, mientras sus intentos por invalidarlos me parecieron menos que persuasivos. No había nadie a quien yo pudiera acudir con mi creciente confusión acerca de lo que era y lo que no era verdadero. Ni siquiera las personas que yo conocía y que, a diferencia mía, se enredaban alegremente en todas las formas de conducta prohibida que se les ocurría, parecían tener ningún interés en cuestionar las creencias básicas adventistas. O, por lo menos, no discutían ninguna duda que pudieran haber tenido. Quizás, como yo, simplemente no sabían cómo proceder con un examen del único paradigma que conocían para comprenderse a sí mismos y al mundo.

Cambié de especialidad dos o tres veces durante mi penúltimo año. Mis notas bajaron en picada, y fue evidente que Loma Linda (la escuela médica adventista) ya no era una opción válida para mí. Hice algunos débiles intentos de hablar con los miembros de la facultad y de la administración acerca de mi carrera académica, pero nadie expresó mayor preocupación, o siquiera reconocer que yo estaba en dificultades. A fin de año, abandoné la escuela, sin estar seguro de nada, más allá del hecho de que ya no creía en lo que había sido el fundamento mismo de mi vida. Seguí yendo a la iglesia de cuando en cuando, mayormente por hábito, pero quizás también esperando encontrar alguna salida para mi confusión. Pero sólo empeoró. Me sentía más y más incómodo y aislado en la comunidad adventista. Mi última experiencia en la iglesia ocurrió durante la Navidad. Fiel a la tradición adventista de distanciarse de los días de fiesta religiosa supuestamente «paganos», el sermón no hizo ninguna referencia al nacimiento de Jesús, sino que ¡habló con gran detalle acerca de los males de las mujeres que usaban pantalones en público! No recuerdo si me quedé hasta el final, pero lo que sí sé es que me fui decidido a no regresar nunca.

En ese momento, nunca se me ocurrió probar otras iglesias. Habiendo sido condicionado para considerar al adventismo como la única expresión verdadera del cristianismo, rápidamente llegué a la conclusión de que, en el mejor de los casos, la fe cristiana en general andaba descaminada. Mirando en lo que yo consideraba la dirección opuesta, comencé a leer ávidamente todo lo que pude encontrar sobre religiones orientales, y decidí que yo era budista. Supongo que esta posición era lo bastante segura, ¡siendo los budistas pocos y dispersos en Collegedale, Tennessee! Puesto que no había nadie cerca que supiera nada de las creencias y las prácticas budistas, esto también me permitía confundir totalmente a cualquier adventista que tratara de hacerme volver al redil mediante argumentos.