Abandonando el jardín adventista

Mientras estuve en la academia de internado adventista, tropecé con algunos de los escritos anti-cristianos de Mark Twain, que de algún modo habían encontrado su camino hacia la biblioteca de la Academia de Sunnydale (un lugar que estaba lejos de ser «soleado», según yo lo había experimentado. Al principio me impactaron, luego me asombré de las preguntas que Twain hacía acerca de la justicia de un Dios que, durante la conquista de Canaán por los israelitas, ordenó la matanza de gente cuyo principal pecado parecía había sido no adorarle a Él. Aparte de eso, no puedo recordar ninguna duda consciente acerca de lo que se me había enseñado a considerar como la verdad última hasta que llegué a la escuela superior. Pero, mirando hacia atrás, estoy seguro de que había muchas dudas que no podía admitir en mi consciente. Simplemente, habría sido una amenaza demasiado grande para mí ya tembloroso sentido del yo, algo que estaba basado casi por completo en mi identidad heredada como miembro del pueblo favorecido por Dios, su «remanente escogido». Cuando finalmente mis dudas se convirtieron en conscientes, la experiencia fue devastadora.

Me inicié en el Southern Missionary College (ahora la Southern Adventist University) en la especialidad de química de pre-medicina en el otoño de 1967, mucho antes de que surgieran las controversias que han sacudido al adventismo desde entonces. Como mis padres, que por años habían luchado para mantener a sus cuatro hijos en la escuela y la academia de la iglesia, no podían ayudarme con la colegiatura, entré a trabajar haciendo Little Debbies (¡ahora hay un excelente producto para personas con un «mensaje sobre la salud» para ser entregado al mundo!) en McKee Baking Co, que estaba (y está) estrechamente afiliada a la escuela superior. En la panadería, por primera vez en mi vida, entré en contacto regularmente con muchos no adventistas. Me quedé algo más que estupefacto al descubrir que, contrario a lo que había creído toda mi vida, ¡ellos no eran activamente malos!

En Southern, quedé expuesto a una visión del mundo algo más que un poco sofisticada en relación con la que había encontrado en la academia, y tuve algunos profesores que realmente conocían algo de los temas que enseñaban. Un día, en su conferencia, mi profesor de historia mundial hizo una observación casual acerca de que los escritos de la Sra. White sobre historia estaban basados en una perspectiva del siglo XIX que ya no era aceptada como válida entre los historiadores modernos. Habiéndoseme dicho siempre que los escritos de ella estaban divinamente inspirados, esto casi me hace caer de espaldas. Mi profesor de «Daniel y el Apocalipsis», un ministro ordenado que logró meterse en problemas con la administración de la escuela superior cuando regresó de las vacaciones de verano ostentando una barba, comenzaba la clase diciendo que nadie estaba seguro del significado de los varios símbolos en esos libros. Habiendo leído varias veces los extensos comentarios de Uriah Smith sobre Daniel y Apocalipsis, asistido a no sé cuántas reuniones de reavivamiento en que se presentaban las bestias proféticas, a cada una de las cuales le había sido asignado un significado específico (todavía tengo la Biblia que subrayé durante una serie de reuniones de reavivamiento), leído El Gran Conflicto de tapa a tapa más de una vez, y memorizado la profecía de los 2300 días de Daniel (un texto clave en el adventismo) con todas sus varias ramificaciones, no tenía idea de qué hacer con este trozo de información. Para el fin de mi segundo año, mi fe había sido severamente sacudida, pero, sin saber qué otra cosa hacer, continué aparentando ser adventista.