Abandonando el jardín adventista

Asistí a escuelas adventistas desde el primer grado hasta el penúltimo año de la escuela superior. En retrospectiva, es difícil recordar mucho que fuera positivo acerca de mi experiencia educativa con los adventistas del séptimo día. Apoyada por una organización eclesiástica local relativamente pobre, la escuela de iglesia y la academia de internado de Missouri a las que yo asistí aparentemente no podían conseguir maestros capaces. Con muy pocas excepciones, mis maestros enseñaban mal, y algunos no estaban en condiciones de hacer nada, mucho menos enseñar en una escuela. Uno de ellos regularmente experimentaba ataques de epilepsia severa en al aula. Mi maestro de octavo grado tuvo que renunciar a mediados de año debido a una crisis psiquiátrica, y fue reemplazado por una mujer que parecía estar en medio de una ruptura psicótica. Para el culto matutino, leía historias que ella misma había compuesto y que giraban alrededor del esposo que la había abandonado por otra mujer, y cómo él lamentaría su pecado cuando los sucesos de los últimos días comenzaran a tener lugar. Aunque en ese punto de mi vida yo era más que ingenuo en lo que se refería a cuestiones sexuales, me daba cuenta de que la relación de ella con su hijo adolescente estaba llena de evidentes alusiones al incesto.

Como les ocurre a la mayoría de las personas que han pasado por el sistema educativo adventista, no aprendí casi nada acerca de literatura, arte, religiones no adventistas, filosofía, o pensamiento moderno. Todo, incluyendo la Biblia, era filtrado cuidadosamente a través de las ideas preconcebidas adventistas. Hasta teníamos ediciones especiales adventistas de los libros de lectura de Dick y Janes (todavía siento curiosidad por saber qué había en la edición regular y de lo cual teníamos que ser protegidos. Yo tomaba todo muy en serio, sin cuestionar nunca «LA VERDAD» que se nos había dado sólo a nosotros de entre todos los pueblos de la tierra.

También me sentía de lo más miserable, especialmente como un adolescente torturado por «pensamientos impuros» que ninguna cantidad de oraciones podían quitar. Durante varios años, me aterrorizó la idea de que se me apareciera Satanás o uno de «sus ángeles», pues sabía, por los relatos que había leído en la literatura adventista y oído en los grupos de jóvenes de la iglesia, que estas cosas a menudo les sucedían a los que no estaban «bien con el Señor». A veces, en gran medida para total terror mío, me parecía entrever demonios con el rabillo del ojo. Tenía repetidas pesadillas en las cuales me encontraba con figuras demoníacas o descubría que me había quedado abandonado en el día del juicio. Mirando atrás, me doy cuenta que estaba seriamente deprimido y más de un poquito alterado, pero nadie, incluso yo, parecía reconocer que algo anduviera mal.