Perdimos a nuestra prima en un centro Sri Chinmoy

Hace dos años, Friederike entró en contacto con Sri Chinmoy. Hoy es otra persona. Esta es la historia de un adoctrinamiento. Captan a sus trabajadores en escuelas, los encierran en empresas y pisotean sus derechos fundamentales. Se de qué hablo. Perdimos a nuestra prima en un centro del gurú Sri Chinmoy. De hecho, no se llamaba Friederike. Pero todos la llamábamos Fred. Fred vino hace dos años, cuando tenía 18, a Graz para estudiar Farmacia. No le había sido fácil aprobar los exámenes, pero había salido airosa. En Graz todo era nuevo para ella. La gran ciudad, los miles de estudiantes y su relativa independencia de sus padres.

El principio

En algún momento del segundo semestre, en la primavera de 1994, conoció a Sri Chinmoy, probablemente en un curso “introductorio de meditación”. Su carrera avanzaba según lo previsto hasta aquel momento. Fred aprobó los exámenes de entrada y consiguió su plaza.

Su novio no notó nada de sus cambios. Debía de tener problemas, pero no le gustaba hablar de ellos. Yo tampoco me di cuenta de nada hasta que ya era demasiado tarde, a pesar de compartir la misma casa. La primera vez fue con las piedras que colocaba en la mesa. “Ya sé que es raro, pero me ayudan a estudiar”, contestó a mi mirado escéptica. “A fin de cuentas, ya es mayorcita”, dijo su novio y olvidamos el asunto.

Entonces dimos con las fotos. Era de un señor mayor, bronceado con calvicie y amable sonrisa. En el mismo sitio de la pared donde antes tenía el póster de los girasoles. A Fred le encantaban las girasoles, pero ahora aparentemente era más importante este “filósofo”, como lo llamaba ella.

Mientras tanto iba dos veces a la semana a “hacer meditación”. Kerstin, que también vive en nuestra casa, la acompañó algunas veces: “Pero entonces se me hizo demasiado aburrido. Siempre agachados en el suelo, cantar y escuchar”. A Fred parecía gustarle. Una vez contó con entusiasmo, que le habían pedido limpiar el cuarto de la meditación y eso era un “enorme privilegio”.

Aislamiento

Por lo demás, no nos hablaba ya prácticamente. “Ay, lo siento, pero tengo que irme; quizás más tarde.” Tampoco comía con nosotros ni compartía los momentos que antes compartíamos tranquilamente conversando.

Ya hacía mucho que había dejado de comer carne. El gurú lo había prohibido, porque sólo así “podía anclarse la pureza en el ámbito físico, vital y mental”.

Esta primavera todo ha ido muy rápido. Rompió con su novio (el gurú prohibe las relaciones: sus “alumnos” no deben dedicar su fuerza sexual, la “energía vital” a una pareja inferior, sino solamente a alcanzar la conciencia divina). También dejó su carrera y finalmente nos enteramos de lo que ocurría. En un descuido no había guardado un libro del gurú en la casa.