Sectas cristianas: Me robaron la vida

En este país, dicen, reina la libertad de culto, pero ésta no es igual para todos. Mis padres eran miembros activos de una pequeña y rígida secta y nunca me preguntaron lo que quería yo. Mi vida no es una vida llena de vitalidad. Solamente existo en un estado de miedo continúo por saber adónde me llevarán mis pecados en el día del Juicio Final.

“¿Vienes? María”

Me encojo al oír la voz de un hombre en el pasillo de abajo. Pasó la mano húmeda y fría por el pelo y hecho un mirada rápida al espejo. La imagen me muestra una mujer pálida de unos treinta años. El peinado sigue siendo bonito, me llama la atención que en el fondo es sorprendente que no sea blanco. ¿No suele ocurrir esto, que una se vuelve canosa por problemas y preocupaciones? ¿Soy yo la única que me veo las preocupaciones y los temores en los ojos? En cualquier caso, nadie me pregunta cómo me va y tengo experiencia de toda una vida en no hablar demasiado cuando no hace falta.

Pertenezco a una secta y una “comunidad” donde las mujeres en las asambleas guardan silencio y por lo demás, dedican su vida a los hombres, los padres mayores y al trabajo de la secta. Sí, por supuesto, también a los hijos, pero no me fue dado tener hijos. Me gustan mucho los niños y justamente por eso no tuve ninguno. Como había pecado y entonces se te castiga … ¿cuánto tiempo puede aguantar una persona el castigo y vivir con el miedo a la perdición eterna?

Dicen que en este país hay libertad de culto. Pero, ¡no la hay para todos!

Yo nací y me crié en una familia que ya había determinado mi religión y mi vida, antes de que viera la luz de este mundo. Mis padres eran miembros activos en una secta relativamente pequeña ya mucho antes de que pudiera hablar o hacer algunos pasitos me llevaron allí. Estaba sentado en el lado de las mujeres en el regazo de mi madre y jugaba con las franjas de su pañuelo de cabeza, cuando se alargaban demasiado los discursos y las “amenazas” del predicador. Aprendí a caminar y a hablar. Me contaban detalladamente lo que debía decir, creer y opinar y no ofrecía resistencia contra la falda nada elegante que siempre tenía que ponerme; mi pelo crecía y me lo hacían llevar en dos rígidas trenzas. No me resistía, pues las otras chicas también lo llevaban así.

Cuando fui al colegio me di cuenta de que en cierta manera era “diferente”. Cuando íbamos de excursión a esquiar tenía que llevar la falda, lo que llamaba la atención y provocaba burlas y risas. Tenía una buena explicación cuando los demás me daban la lata con sus criticas y preguntas: “Las mujeres deben llevar una falda, esa es la voluntad de Dios” decía mi padre. Sin embargo, no tenía el valor de decirlo. Mi vida social la tenía dentro de la comunidad con los otros niños de la secta, y esto lo aceptaba, ¿qué otra cosa podía hacer?