Me rompieron la vida

Entre otras cosas, te sentases o no en la silla eléctrica, la Maestra se te podía quedar mirando a los ojos, incluso durante diez minutos, estuvieses donde estuvieses, con o sin música, diciéndote palabras en voz baja, que no entendías, o que aparentemente  no tenían sentido para ti, y si le preguntabas:“no he entendido nada, ¿qué quieres decirme?”, la repuesta siempre era la misma: “Entenderás cuando estés preparado, tú ahora quédate con ésto”. Y con lo que te tenías que quedar era con que dejases a tu pareja, que plantases cara a tus socios, hermanos, padres o amigos o que vendieses tu casa y te fueses a vivir a su lado porque estaba al caer un “sunami”. Yo he escuchado decir a la Maestra: “Vais a tener que veniros todos a vivir aquí al interior, lejos del mar, ya que va a venir un “tsunami”. Yo os avisaré con tiempo suficiente”. U otro comentario como este: “vende ahora tu casa de la playa y vente a vivir a esta casa a mi lado, ya que si no lo haces ahora,  después del tsunami, no tendrás casa para vender”.

Llegué a tener auténtica necesidad de su atención, aunque como si de una droga se tratase, me hiciese a la larga un efecto dañino (cosa que entonces no sabía). Pero cuando me encontraba en el círculo, sentado en el suelo, con ropas que no llamasen su atención, ya que me podía sacar a «la silla eléctrica» si me veía muy contento o muy relajado y ella en un carísimo butacón de madera y piel, con los pies apoyados en otra pieza a juego, rodeada de jarrones de flores frescas recién compradas, con ropas y joyas de gran valor, rodeada de piedras preciosas o semi-preciosas y hablando de su poder y del poco que teníamos nosotros, pero que por su gran compasión a costa de gran sacrificio y de tenernos que cobrar una miseria, muy a su pesar (el cobrarnos, no la miseria), ya que de algo tenía que vivir, ya que ella en Oriente la llevarían en parihuelas y la besarían los pies. Aunque a mí, que me parecía estrambótico y pensaba “tiene un morro que se lo pisa, ella ahí semi-tumbada, forrada de pasta, viviendo sin trabajar y todavía tiene la desfachatez de hablar del poder…”. Pero al mismo tiempo, si me hacía un gesto de mirarme o de hablarme, me derretía de gusto y me sentía afortunado de que se dirigiese a mí.

Nadie osaba llevarle la contraria en nada, ya que incluso después de agredirte verbalmente con dureza, podía “sacarte a la silla eléctrica” para que los demás miembros del grupo te ayudasen diciéndote lo horrible que eras. Una persona que cuestionase a la”maestra” o que pudiese hacerle sombra se la podía sentar en la silla eléctrica y decirle cualquier cosa que se te ocurriese echarle en cara. Por nimia, antigua y banal que resultase, era válida si te hacía daño. Ella reforzaba a los más crueles, a los que decían las cosas más dolorosas al “afortunado” que estaba siendo “espejado” por sus compañeros. Estos “regalos” los recibieron en mi presencia cinco personas.