Me rompieron la vida

Después de aquello, este miedo, se fue convirtiendo en terror. Pero curiosamente la necesitaba cada vez más, dependía para todo de su consejo, de su aprobación y de su beneplácito. Cosa que ocurría en contadísimas ocasiones. Cada vez que tenía que asistir al grupo, las noches anteriores, las pasaba sentado en el baño con diarreas y colitis, con la sensación de que no quería ir. Los fines de semana tampoco era capaz de digerir las comidas, teniendo ardores y gases, tardando horas y horas en hacer la digestión de la más mínima ingesta de alimentos.

Por otra parte las sesiones de horas y horas sentados en el suelo, bien en cojines, bien en sillas bajas de meditación, en posturas incómodas, se hacían insoportables, más si cabe por la invitación de llevar cada uno nuestra botella de agua y de beber en abundancia para “depurar”, aunque después no se nos permitiese salir a orinar y hacer los descansos necesarios. Yo he visto a hombres y mujeres adultos, suplicar a la terapeuta para salir a orinar y ésta propinarles un castigo psicológico de tal calibre, que se quedaban llorando y se arrastraban fuera del local a cuatro patas para no orinarse encima.

De hecho, cada vez que asistíamos al lugar del taller, me daban ganas de no ir y continuar carretera adelante, sin entrar en el desvío que a la casa conducía, ya que durante los cuatro años que he acudido a este tipo de reuniones grupales el sentimiento de terror era tal, que parecía que allí me iban a agredir físicamente. Esta sensación, a quien del grupo se la he comentado, también me la ha corroborado. Nunca pude entender cómo con semejante sensación de terror, era capaz de asistir a aquel grupo. Cada vez que lo comentaba a la terapeuta, me contestaba que eran “resistencias del ego a morir”. 

En este primer año, mi sensación de confusión, de no entender nada de lo que allí se hacía, de aprender la forma peculiar de expresarse, con términos que yo no conocía de nada anteriormente como “iluminación”, “ego”, “compartir”, “rendirse”, “entregarse”, “reiki”, “energía de sanación” y sobre todo el “sentir”, término utilizado para justificar cualquier actuación injustificable, ya que “el sentimiento al venir del corazón, no hay que razonarlo con la mente”, “la mente no vale, es dañina”, eran comentarios habituales de la terapeuta.