Me rompieron la vida

Esto sí que yo no podía soportarlo, incluso una vez sucedió, que aún pagándose el grupo del fin de semana por anticipado (era una norma desde siempre), al ir a pagar se dijo que “tranquilos, esta vez al final del grupo, antes de iros a casa”. Pero antes de marcharnos se hizo un mercadillo en el que los más allegados a la Maestra llevaban de todo, incluso cuadros de gran calidad pintados por ellos. Pues bien, una vez de ser incitados y de que ellos nos hubiesen vendido su mercancía, se procedió a pagar el grupo de ese fin de semana. Todos mis compañeros y yo tuvimos que pedir crédito a la terapeuta para pagar otro día el curso, ya que no pudimos resistir la presión para comprarle a la terapeuta todo lo que ella nos quiso vender sin reparar en que nos habíamos gastado el dinero que teníamos y el que no. Y es que comprar algún objeto de la Maestra era como obtener una reliquia.

La mayoría de las personas, nunca tuvieron la economía suficiente para cumplir con las exigencias económicas del grupo, llegando incluso a pedir dinero prestado a amigos, familiares e incluso bancos para pagar a la Maestra. En algunos casos, no se tenía dinero para los gastos cotidianos, pero siempre había para pagar a la terapeuta. O a alguna de las personas allegadas a ella, bien fuese por masajes obligados dentro del plan anual de terapia, o por cartas astrales, frascos de colonias, o la recomendación de comprar la música en vez de en una tienda, a uno de los componentes del grupo que por recomendación de la Maestra, de manera ilegal, bajaba  música de Internet y vendía los CD primero a cuatro euros, luego a cinco y creo que cuando yo me fui estaban a siete. Quien como yo tenía un poder adquisitivo más alto, más presión económica tenía. Y por supuesto mucho más gastaba. De hecho, el agua para beber que se sacaba del pozo de la casa de la maestra, cuando íbamos allí a trabajar en su jardín, también se cobraba. Para el pozo se pidieron donaciones y existía el “diezmo” para contribuir a la realización de un “proyecto”, que no era otra cosa que la realización de una sala para meditar en el terreno de la Maestra. El diezmo es la contribución “voluntaria” para realizar el proyecto del grupo.

Si plantábamos árboles en el jardín de su casa, además del trabajo de hacerlo, “como todos íbamos a disfrutar de su belleza”, nos cobraban lo que valía el joven árbol. Hasta por olvidarse un reloj en la consulta de la terapeuta se llegó a cobrar a una persona en concepto de consigna. Al recibir los masajes concertados, cada uno había de llevar su propia toalla y los pies limpios y así una larga lista de exigencias que cumplir. Además del peligro físico.