Me rompieron la vida

Si la bronca no era del grado que satisfacía a la Maestra, ella introducía otros miembros del grupo en el teatro con órdenes puntuales, para que la situación explotase e indefectiblemente se produjesen situaciones conflictivas y violentas. Esta era la práctica preferida de la terapeuta. Si podía, la realizaba una vez cada fin de semana.

En otra ocasión, el teatro consistió en que los hombres éramos sultanes moros y nos repartíamos a las mujeres del grupo para nuestros harenes. Las elegimos, las compramos, las vendimos…Eso reconozco que creó un clima de odio sordo entre las chicas y los chicos, pero era igual, también he oído gritarles a las chicas en meditación, delante de los hombres: “tenéis las vaginas como cloacas” o “tenéis vaginas dentadas”.

A día de hoy me pregunto, ¿con qué fin realizamos todo esto? ¿en nombre del amor?, ¿cómo terapia?, son tantas las cosas que he vivido allí…

En una de las sesiones privadas con la Maestra, le llevé uno de los test psicológicos que me habían realizado los profesionales con los que antes estaba en tratamiento, pero ella no los quiso ni ver. Insistí y ella me repitió que no le interesaban en absoluto: “los psicólogos y los psiquiatras no me interesan para nada, sólo marean la perdiz, ponen parches. Mi tratamiento es definitivo, lleva a romper el ego, a desestructurar la personalidad, a la iluminación y a la realización plena del ser”. 

En los momentos de mayor crisis personal, en varias ocasiones me dijo: “recuerda, la iluminación, puede estar a la vuelta de la esquina”.

En un principio, la Maestra nos convirtió en niños. Nos cambiamos los nombres y nos aniñamos. En el grupo cambiábamos hasta la voz. Hacíamos dibujos y llevábamos cada uno nuestros muñecos. Yo estaba en el grupo sanando mis heridas de la infancia, pero no  podía decir cuanto tiempo iba a tardar en curar estas. Las heridas eran las que la Maestra me decía que yo tenía. Yo no me acordaba de las cosas que ella me decía que me habían pasado en la infancia, pero debía haber sufrido de forma terrible, para “odiar tanto a las mujeres”. Como yo me había vuelto un niño sin capacidad de decisión, hacía lo que la Maestra me decía cuando me miraba a los ojos o en las sesiones privadas, aunque no entendiese nada del por qué ella quería que yo hiciese esas cosas.

Pero podía confiar en ella. Ella era mi nueva madre y la vida me daba la oportunidad de renacer (como con la meditación de Osho, «Born Again») o las veces que a mí o a otros, nos abrazó y nos colocó entre sus piernas para en un estado de trance, delante de todo el grupo y en medio de grandísimos gritos, sufrimiento y alaridos, nosotros renaciésemos de su útero. Pero aún a día de hoy, no llego a entender qué es lo que allí pasaba. Sólo sé que después, cuando todo había terminado, yo me encontraba mejor y tremendamente agradecido y rendido a mi nueva “madre”. En mi estancia vi “renacer” a no menos de 5 personas.