Me rompieron la vida

Voy a relatar de la manera más descriptiva, pero más escueta posible, la experiencia que viví hace unos años en una “escuela de crecimiento personal”. Escribir estos recuerdos no es de mi agrado, por todo lo que aún a día de hoy me suponen de culpa, rabia y sensación de pérdida total del control sobre mi vida y de mi libertad de decisión.

Esto me ha sucedido en el marco de una supuesta relación de terapia en la que la supuesta terapeuta, se aprovechó de mi inocencia, confianza y necesidad de apoyo, fruto del difícil momento que estaba atravesando a nivel personal y profesional.

Antes de conocer al grupo, tanto mi vida laboral como mi situación matrimonial, me llevaron a una situación de desesperación y búsqueda de ayuda. Laboralmente sufrí un duro golpe por diferentes motivos, que aquí no voy a referir, pero que me hicieron perder la ilusión creativa que desde siempre me caracterizaba. Por esta situación, mi tristeza y falta de entusiasmo hizo que uno de mis socios -que además era mi amigo- al verme en este estado, me propusiese al menos en tres ocasiones, asistir al “grupo de crecimiento personal y meditación”, que tan sólo más tarde sabría que estaba ligado al movimiento de Osho.  Pero ya por aquel tiempo la presión de mi socio y la insistencia  para que acudiese a su grupo de meditación, hizo que al poco tiempo, acudiese por vez primera al “grupo”.

El primer día que fui, un domingo, se habían reunido al menos 25 personas de todos los sexos y edades. Lo dirigía una terapeuta que se hacía llamar “Vibhuti” (luego supe que es como un nombre sagrado o algo así), una peculiar mujer de mirada penetrante y sonrisa seductora. El fin de aquella reunión era mostrar el tipo de ejercicios y meditaciones con las que íbamos, sin duda, a cambiar aquellas cosas de nuestra vida que nos molestaban además de solucionar todos nuestros problemas presentes y futuros. Para ello había que adquirir el compromiso de permanencia en el grupo de trabajo terapéutico, desde septiembre hasta julio, a razón de un trabajo grupal de un fin de semana al mes, una sesión de una hora privada con la terapeuta en la consulta que ella tenía en su casa y el compromiso de asistencia a todos los grupos, o por lo menos a pagarlos, ya que de no poder asistir, se pagaban igual. Por aquello del compromiso. Ya que el grupo era “el embarazo de nueve meses, para posteriormente renacer a una vida más plena” por lo cual el que fallaba alguna vez, al faltar a su compromiso con la vida y su nacimiento, debería pagar de igual forma. Y el que dejase a medias el grupo, es decir se retirase sin concluir los nueve meses, se consideraba que había “abortado”, que no quería nacer y que tenía miedo a la Vida.