Crecí en una secta pseudojunguiana

Como una tradición, aproximadamente cada dos o tres meses se hacían eventos que se llamaban “fiestas”, para celebrar -agrupados por signos del zodíaco- los cumpleaños de los miembros. Entonces todo el mundo sacaba el auténtico traje de gala para participar obligados de una velada que seguía siempre el mismo guión. Se empezaba con un buffet para picar, luego nos sentábamos a cenar (se trataba generalmente de una comida un poco más elaborada), y a continuación Gabrielle y Simon iniciaban un baile obligatorio con una música estilo discopetardeo que no podía extenderse nunca más allá de las dos de la mañana. Entremedio se comía el pastel, se cantaba en coro el «Happy birthday to you» a quienes estaba destinado, y se daban los regalos, que tenían que ser siempre entre ostentosos y simbólicos para aparentar una cierta profesionalidad en la materia (siempre llegaba a oídos de Gabrielle quien había regalado qué y entonces más vale que también le gustase a ella por si acaso).

Todos sabíamos que en ocasiones como ésta nuestra imagen exterior también era revisada detenidamente de arriba abajo por Gabrielle, que sentada a su mesa con su círculo de confianza susurraba comentarios, hacía críticas o pequeñas observaciones que intrigaban pero nadie acertaba a oír nunca.

Como he comentado anteriormente todos los adultos estaban sometidos a un estricto rigor y control. Del mismo modo los niños y adolescentes teníamos un plan diario totalmente programado con nuestros ratos libres supervisados, siendo la disciplina, a todas las edades, una regla esencial.

Estudiábamos mediante un sistema francés de educación a distancia, en una sala acondicionada para tal efecto. Lo hacíamos solos, es decir no se hacía un modo de clase convencional. Cada uno por nuestra cuenta teníamos nuestra mesa de estudio y un miembro de la tribu que hasta BUP ejercía como tutor y nos asistía en las materias que nos podían presentar alguna dificultad. A partir de BUP debíamos ir convirtiéndonos progresivamente en autodidactas, sin evitar por épocas un seguimiento exhaustivo y un riguroso control de las evaluaciones que medían nuestros conocimientos.

Como fui el primer niño que empezó a vivir en la finca, exceptuando dos jóvenes que a mi llegada eran ya adolescentes y se habían criado en la comunidad de origen, pasaron tres años hasta que pude tener contacto con otros niños de mi edad. Unos años que recuerdo marcados por una solitaria tristeza de no poder compartir mis juegos de niño.

Ante mi inmensa alegría irían llegando niños, la mayoría adoptados bajo órdenes de Gabrielle, si bien nunca llegamos a ser un gran grupo. En el año 1999, lo componíamos seis chicos y tres chicas.