Crecí en una secta pseudojunguiana

Todo lo relativo a la distribución del plan diario laboral, actividades, ocupaciones u otros temas relacionados con la comida por ejemplo era administrado de forma estricta.

Así pues, un día laborable en la finca estaba dividido según el horario siguiente: a las siete de la mañana, los diez zarandeos de una campana suspendida en las proximidades de las habitaciones daban el sonido que indicaba la rigurosa hora de levantarse. Estaba accionada por una persona que designada por épocas era la encargada de preparar el desayuno y disponer en la cocina todo lo necesario.

Nada más levantarnos y previo al desayuno algunos adolescentes teníamos unas tareas asignadas, como asear un caballo u ordeñar las cabras. Antes de las ocho teníamos que haber cumplido estas tareas y habernos presentado obligatoriamente en la cocina para desayunar.

La “cocina” era un espacio con los techos altísimos, una sala de aproximadamente quince metros por diez con las paredes blancas; estaba flanqueada de una chimenea monumental que la mantenía caliente en invierno mediante la quema de enormes amasijos de leña de jara, que la perfumaba con un aroma intenso muy agradable. En la parte central, dos largas mesas de madera maciza servían para disponer los alimentos; uno se servía y se sentaba a comer en una de las sillas que rodeaban en grupos de seis varias mesitas de cobre tipo árabe.

A las ocho pues empezaba el ritmo de vida, con los primeros despuntes del sol. Los adultos se dedicaban a sus trabajos diarios en la granja y los niños y jóvenes estudiábamos. A las diez y media una pausa de media hora servía para retomar fuerzas. La hora de la comida -las doce y media- era anunciada nuevamente por la lánguida campana de cobre que los niños, en tales ocasiones, ansiábamos por tocar y tañer tímidamente, saltando a duras penas para alcanzar como trofeo el badajo que habitaba en ella.

Después de la comida se retomaba la actividad laboral a las dos y se trabajaba hasta las cinco. Después de esta hora, donde se merendaba, la tarde se volvía más plácida, puesto que estaba destinada a leer, pintar o pasear, hasta que daban las ocho y media, hora de la cena.

Siendo el ritmo diario considerablemente arduo, la fatiga se hacía notar al caer la noche, con lo cual menos de dos horas después todo el mundo ya estaba en la cama, para retomar fuerzas y prepararse para el día siguiente.
Como he dicho el tipo de comida seguía unas pautas muy concretas. Se trataba de una alimentación básicamente vegetariana y biológica.

El desayuno estaba compuesto de pan integral hecho por las mujeres acompañado de queso de cabra de elaboración propia. Las dos comidas principales, a base de cereales (arroz integral, mijo, couscous, boulghour…) eran acompañadas de ensalada o de verdura cocida con aceite de oliva. Estas verduras provenían de nuestra huerta, y otras leguminosas como las lentejas, los garbanzos o las judías, eran adquiridas en el pueblo en grandes cantidades.