Crecí en una secta pseudojunguiana

El terreno que la rodeaba tenía una extensión de 2000 hectáreas, de las cuales una décima parte fue adquirida en el año 1984 por S.21, la sociedad que servía como “tapadera” y que estaba formada por algunos de los miembros de la comunidad que ejercían como accionistas.

Se trataba de un cortijo de morfología áspera típicamente andaluz. La vegetación, densa y frondosa, estaba dominada por la jara, un esbelto arbusto resinoso de dos a tres metros de altura que en primavera adornaba sus viscosas ramas con grandes flores de corola blanca comestibles. Entre ella se abrían infinidad de estrechos senderos, que llevaban a recónditos parajes perfumados de odoríferas plantas como el romero, la lavanda o la ajedrea.

Bajando por el monte, en los coloridos amaneceres primaverales, serpenteados riachuelos de agua cristalina bañaban jocosas ranas, que entre saltos y aleteos jugaban a robarse los azulados reflejos de un cielo que se abría majestuosamente. Un poco más abajo, en la llanura del campo, verdes y solitarios olivos poblaban trigales que se abrían hasta el infinito. Mecidas por el viento, las desnudas cañas eran cuerdas de un arpa que desprendía una música singularmente deliciosa.

En el sofocante verano andaluz, el paisaje se tornaba árido y desierto, sometido crudamente a los efectos de un Sol que gobernaba inmisericorde la esfera celeste y que dejaba a su paso mustias y agostadas plantas, pareciendo no agonizar nunca. Llegado al fin este momento, en los últimos estertores de su muerte, el astro desprendía la más variada tonalidad de anaranjados reflejos, mientras en tintados arreboles se perdía acunado por montañas de perfiles tenebrosos.

La casa, que fue edificada en cuatro alas de gran envergadura, albergaba en sus entrañas un patio interior de dimensiones descomunales, aproximadamente unos cien metros cuadrados. Las habitaciones, repartidas simétricamente, eran amplios espacios decorados con austeridad japonesa. Los baños, que diferenciaban hombres de mujeres, eran espacios comunes con cuatro duchas individuales en cada uno.

La cocina, el dojo (sala de meditación de grandes dimensiones) o la terraza eran otros espacios comunes destacados. Para hacerse una idea de la extensión de la “casa” diré que el dojo era un espacio de unos 50 metros de largo por 30 de ancho, siendo unos 20 metros la distancia que separaba el suelo del techo.

Cabe destacar también los dos pantanos cenagosos situados a ambos lados de la casa, y que las intensas lluvias de invierno llenaban hasta rebosar; habitaban en ellos los más diversos y desagradables reptiles. Así como el hangar construido en la parte trasera, que albergaba las cuadras de caballos y el ganado, compuesto esencialmente de cabras y jabalíes.