Crecí en una secta pseudojunguiana

Jung, discípulo de Freud pero con teorías distintas a éste (Gabrielle decía odiar su método), era un filósofo suizo profundamente creyente, y usaba un método puramente espiritual que se podría explicar de la siguiente forma. Para él, cada individuo -hombre o mujer- posee lo que denomina un guía interior que representa su yo más profundo. Según Jung, psicosis y neurosis son perturbaciones mentales provocadas por la pérdida de contacto con este yo profundo. Gracias a la «psicología de las profundidades», este contacto puede reestablecerse y por lo tanto podemos sanar. Y el instrumento preciado de esta curación son los sueños. De esta manera la función del analista consiste en ayudar a su paciente, con infinitas precauciones, a captar él mismo el mensaje que transmiten sus sueños.

Se podría entender que Gabrielle se ofrecía a guiarnos por ese camino, a enseñarnos el significado de nuestros sueños, y a desarrollar nuestro propio guía interior.

Y para ello había que someterse a su entera disposición, una forma de entregarse por completo que obligaba a hacerle caso omiso en cualquier tarea o responsabilidad que fuese adjudicada. El trabajo espiritual, decía, sólo era posible si el paciente estaba dispuesto a dejarse guiar en todos los terrenos. Oponerse a ello era mostrar una falta de aplicación e interés que de ningún modo debía ser tolerado por el analista. Ejercía pues en todos los terrenos un consecuente poder autoritario, que hacía de ella “la voz y la guía de nuestro destino”.

No dejaba de utilizar en sus discursos ideológicos unas palabras y un lenguaje corporal muy convincentes, logrando rápidamente una confianza ciega de sus adeptos.

Gabrielle estaba casada con Simón, un hombre bajito con la piel gruesa y morena, que poseía una calva lisa que brillaba intensamente bajo el árido sol de las tierras del sur. Juntos se encargaban de gestionar y administrar todo lo relacionado con las tareas y cuidados que exigía la finca, si bien había siempre alguna persona designada por ella que se encargaba de repartir las tareas. De esta manera uno de sus dos hijos, gestionaba entre los hombres los trabajos relacionados con la cosecha, el ganado o la construcción, y una mujer, que iba rotando según la época, hacía de intendente en las tareas domésticas, la horticultura y la cocina.

(El grupo, que empezaría con apenas diez o doce personas a principios de los años 80 se iría incrementando hasta alcanzar el centenar menos de una década después).

La finca quedaba a unos 35 kilómetros del pueblo más cercano. Se accedía a ella tomando un viejo y destartalado camino de tierra que se desviaba de la carretera principal.