Crecí en una secta pseudojunguiana

No olvidaré nunca el día que yo, con siete años y medio, fue enterrado con el objetivo de no renacer jamás, para ser suplido en cuerpo y alma por un nuevo nombre y en consecuencia una nueva identidad.

Menos de dos años después de nuestra llegada, en el año 1988 mi padre se había casado con una bella muchacha de apenas 17 años con la que le habían emparejado dentro del grupo. Era hija de una pareja de origen belga que llevaba en la comunidad muchos años, desde sus orígenes. Tenía una larga melena rubia, una cara pecosa y unos ojos castaños que se iluminaban con su risa. Esta chica se empezó a hacer rápidamente cargo de mí, y a pesar de su tierna edad para las labores maternales, enseguida actuó como una madre hábil, cariñosa, atenta y omnipresente.

Fue precisamente por ello que Gabrielle decidió que definitivamente ella tomase posesión de mí como hijo adoptivo bajo un cambio de nombre, librándome de esta forma de la posesión psíquica negativa que supuestamente mi madre biológica ejercía sobre mí.

Lo recuerdo de la siguiente forma. En el dojo todo se ha dispuesto para escenificar casi literalmente mi nuevo nacimiento. Será el segundo en una misma vida. En medio de la sala hay una cama de hospital donde está tumbada ella, y a ambos lados hay un hombre y una mujer que representan un médico y una enfermera.

La mujer de mi padre está en posición de parto con las piernas separadas y el cuerpo erguido, y una enorme sábana blanca cubre sus piernas. Precisamente allí debajo de la sábana tengo que situar mi cuerpecito, en posición fetal y con los ojos cerrados.

Mientras suena una música de relajación oigo como Joy empieza a simular gritos de dolor y a soplar como si de un parto real se tratase. Unos minutos después la “enfermera” levanta suavemente la parte posterior de la sábana y rodea mi cabeza con sus dedos, gesto que indica que debo empezar a asomarme gradualmente al exterior. Todo está representado con una realidad extrema. Cuando la totalidad de mi cuerpo se encuentra casi por completo fuera de la sábana oigo una voz en la sala que grita un nombre.

Es Gabrielle, que me llama repetidas veces por el nuevo nombre que me ha asignado. Su voz me llama incesante, hasta que finalmente mi cuerpo emerge de la sábana y aterriza en el suelo.

Me incorporo y abro los ojos. He vuelto a nacer. Me dan otro nombre.

A los siete años, fue bajo esta nueva identidad que me convertí en un hijo de la tribu. Aquél día se sustituyó en cuerpo y mente a mi yo, que fue enterrado con el objetivo de no renacer jamás. La nueva persona, “el que es amado”, como solía decir Gabrielle cuando justificaba la elección de mi nombre, respiraría, crecería, estudiaría y trabajaría durante todo mi desarrollo como niño y adolescente, pero en un mundo hermético desentendido por completo de la sociedad y sus instituciones.

Y es que siendo yo tuve amigos de infancia, que por pocos que eran y cercanos que estaban se convirtieron en hermanos. Tuve una madre, que me adoptó y cuidó de mí, ejerciendo como tal durante más de diez años. Tuve una hermana, tíos, primos, personas que supuestamente componían mi desmesurada familia. Personas que el día de mi gélida despedida me negaron, como a tantos otros en ocasiones anteriores, un abrazo o una simple palmadita en la espalda.

Y es que habría querido rasgar, en un último enlace corporal, la capa amazacotada que mortificaba sus sentidos y sus pasiones, y que con los años había ido haciendo de ellos autómatas excesivamente manipulables.

En uno de esos intentos de acercamiento busqué un desesperado signo de complicidad en la mirada de mi eterno amigo. Pero de repente noté que otro brillo tenían sus ojos. De hecho ya no brillaban. Y entendí entonces que de alguna manera él, como tantos otros, ya había puesto su destino en manos ajenas, y que hay sentimientos en la naturaleza de un ser humano que pueden ser anulados para siempre.

Hace cinco años abandoné un islote perdido en medio del océano, en el que crecí y fui educado con unos patrones muy alejados del mundo institucionalizado. El día que me marché mi ser entumecido era tan débil, endeble y desmedrado como la enclenque balsa que me ha llevado a la deriva durante estos últimos años. He ido atracando en puertos de lo más diversos, empapándome de emociones, sensaciones y sentimientos palpados en tardías vivencias y experiencias, superando tormentas cargadas de miedos, inseguridades, dudas y fracasos, y levantándome tras cada golpe recibido.

He reconstruido mi vida a punta de tesón y esfuerzo, y cinco años después al fin hay un poco de orden en mi estructura emocional. Tras adquirir seguridad hoy puedo contactar con la sociedad tratando de obedecer antes a mis impulsos que a un carácter racional maquillado de naturalidad, sin miedo a abrir los cinco sentidos para experimentar nuevas cosas, y sabiendo que todavía existen en mí muchos conflictos emocionales por resolver.