Crecí en una secta pseudojunguiana

Tras relatar el sueño y tratando de no omitir ningún detalle que pudiera ser esencial para la interpretación del mismo, se le daba el análisis que su autor creía atribuirle. Se trataba generalmente de una interpretación entre balbuceos, superficial, pobre, carente de lenguaje analítico, durante la cual no se hacía más que observar los gestos de Gabrielle, en busca de cualquier signo de aprobación por su parte.

Ésta corregía luego y nos ofrecía como dádiva el análisis correcto. Era un análisis basado en sus conocimientos y sus criterios, que decía extraídos de los numerosos manuales que leía, de sus percepciones e intuiciones y de sus “incuestionables” cualidades de psicoanalista no titulada.

Pero se podría decir que era un lenguaje muy ambiguo el que caracterizaba sus interpretaciones. Estaba plagado de referencias antropológicas, de remisiones a tradicionales y milenarias doctrinas japonesas, de alusiones a diccionarios de la simbología, incluso de aportaciones propias, lo cual hacía de todo ello una amalgama de elementos que combinaba de manera imprecisa, llevando su interpretación a un terreno reduccionista que abarcaba un único e indiscutible punto de visión: el suyo, que hacía universal.

Y se cerraba completamente la vía a otra perspectiva del sueño. El “soñador” debía aceptar delante de los demás cualquier análisis, incluso una bronca o recriminación severa si en su sueño podía haber aparecido cualquier tipo de indicio de una actitud negativa o de una débil predisposición al análisis.

De este modo nadie más, solo ella tenía la palabra divina, la sabiduría para entender los sueños, el don de la curación que supuestamente una fuerza misteriosa le había otorgado.

Una imagen de “gurú espiritual”, de sanadora, de iluminada, que todo el mundo proyectaba con un fervor extremo sobre Gabrielle, haciendo que sus métodos y conocimientos se situaran por encima de cualquier ética psicoanalítica.

Una forma de intrusismo llevada a la manipulación psicológica.

Los talleres que se hacían después del grupo de sueños eran ciertamente más joviales. En el de canto, una mujer mauritana dotada de un tono de voz prodigioso, se encargaba de enseñarnos a trabajar nuestra propia respiración y a armonizar nuestro cuerpo al sonido de diversas canciones de orígenes rusos, polacos… Cantábamos en coro, los hombres a un lado, las mujeres a otro y los niños en medio…que acompañaban nuestro canto con los acordes de sus guitarras, de la cual extraían unos sonidos bellísimos.