Crecí en una secta pseudojunguiana

Por primera vez despierto y mis ojos se abren al mundo con una cortina de lágrimas. No sé de donde vengo, ni adonde voy, y de hecho creo que ni siquiera sé quien soy. Y sin darme cuenta un malestar taciturno viste como uniforme mi alma desangelada. Como una coraza, que me protegerá de los golpes y desencantos de la vida para los que no estoy preparado, para los que nadie me ha preparado.

En la habitación donde doy refugio a mi ser agostado me miro al espejo y éste me devuelve una pantomima de mi mismo. Mi pelo enmarañado, mal cortado, mis apenas cincuenta kilos de peso, y el acné quístico de mi cara revelan ante mi una imagen mezquina. Pero lejos estoy de verme tal como me revela el espejo. Mi imaginación manipula mi mente amodorrada para pensarme de otro modo. Y es porque no me conozco. De hecho no conozco nada de la vida que respira, que se agita, azota, golpea, viene y se va a mi alrededor.

Tengo dieciocho años y hace ya unos años que marché de la secta en la que nací, crecí y fui educado.

Atrás dejo una vida que algún día creí mía. Una vida en la cual creía gozar de valores propios y autonomía. Pero me equivocaba. De forma subliminal, bajo un nuevo nombre y una identidad alternativa, fue durante etapas tan claves de mi desarrollo como la infancia y la adolescencia que una imperceptible pero enraizada fuerza psíquica tomó parcialmente posesión de mis impulsos, de mis emociones, de mi libre capacidad de amar, sentir y razonar. Derechos inalienables que como ser humano que he nacido me corresponden en su plenitud.

Se podría decir que he sido víctima de una manipulación mental, privado casi por completo del contacto con la sociedad e institucionalizado en un organismo aislado del mundo. Un organismo que no promovía la autonomía sino la dependencia, inculcándome desde tierna edad el concepto inquebrantable que definía al grupo como una unidad indivisible, siendo la independencia y la autosuficiencia errores de la naturaleza humana que sólo conducirían a la desdicha.

Un modo educativo que con austeridad me negó y desdeñó el contacto con una forma de vida alternativa, cerrando mis oídos y mis sentidos al mundano ruido de la vida que indudablemente circulaba en una dimensión paralela.

Marchándome le tengo que hacer frente pues a una institución y a un modo de vida ignorados totalmente, en los que percibo rápidamente que el endeble y preponderante patrón de conducta y comportamiento con el que he sido educado no tiene ninguna validez, lo que convierte en fracaso todo acercamiento al mundo civilizado. Y ello provoca inseguridad, miedo y frustración, no pudiendo evitar sentirme de algún modo marcado por un estigma.
Detrás de mi también dejo una madre adoptiva, una hermana, amigos, en fin vínculos afectivos que de un día para otro me niegan el cariño y el afecto que hemos compartido durante años. Por el hecho de no formar parte ya de su mundo, siendo su amor única y exclusivamente válido en unos límites determinados. Aquellos establecidos física y moralmente por la secta.