Estuve en una secta política

Todos tenían nombres en clave, el mío era Clare. Casi de inmediato, todos los aspectos de mi vida estaba empezaron a ser regulados por el líder de la O y sus ‘cuadros’, desde cuándo debía dormir hasta lo que comía o de lo que hablaba. Yo me uní a la O convencida que todos nosotros éramos unos revolucionarios marxista-leninistas eficaces en la lucha contra el capitalismo y la defensa de los derechos de los pobres, pero la cosa no fue en absoluto como me había imaginado que sería. La comida era muy pobre y no se permitía fumar o beber. Nunca tuvimos ninguna visita y no se nos permitía el contacto con los amigos o la familia. Todo parecía más bien triste.

Tuve una ‘evaluación’ – la primera de varias – con un grupo de alto nivel, algo por lo que todo el mundo pasa a través durante la fase de reclutamiento de seis semanas. Se me ordenó que contara mi historia, mis antecedentes familiares, lo que me llevó a la O., lo que me preocupaba y temía. Me dijeron que tenía que dejar atrás mi vida burguesa de clase media, dejar de pensar que tenía todas las respuestas y que debía centrarme en la transformación de mí mismo. Mi talón de Aquiles es que yo siempre había temido  quedarme enganchada a cualquier cosa – el trabajo, las relaciones, las afiliaciones políticas-. Sin darme cuenta, ésto les proporcionó una muy potente herramienta de control.

Había un código diferenciado de teléfono para cada uno de nosotros: tres rings, una pausa y un ring significaba que era de Ted, y así sucesivamente. Creíamos que estábamos siendo observados por las fuerzas de seguridad (de hecho, muchos grupos de izquierda estaban siendo observados, tanto en los EE.UU. como en el Reino Unido) – pero más tarde me di cuenta de que el secreto era un medio para controlarnos. Todas las reglas se establecieron a través de notas de la SP, y se entendía que cada instrucción debe llevarse a cabo al pie de la letra. Estas misivas eran vividas con temor, y las órdenes que por esa vía nos llegaban nunca se cuestionaban Lo irónico del caso, como lo vi mucho después, eran que la O. perseguía una utopía socialista mientras que había adoptado una forma de fascismo.

Mi primera ‘asignación’ llegó a través de una nota que ordenaba a ‘Clare’ que empezara a trabajar en la Librería de la Mujer y el Hombre Trabajador, una librería de izquierdas dirigida por la O. que vendía literatura marxista y maoísta. Se trataba de un lugar público, aunque todavía no estábamos autorizados a decir a nadie que trabajábamos allí. La O. había surgido por fuera del circuito de las cooperativas de alimentos y grupos políticamente activos de la época creíbles. Aunque llegaría a llevar una cooperativa de alimentos, así como una panadería, una guardería y una imprenta.

Aunque en teoría la O. aseguraba promover la igualdad, su verdadero objetivo era el control y la manipulación de sus miembros por un solo hombre, el ex activista de derechos humanos de los negros, enloquecido por el poder, Theo Smith, que más tarde resultó ser el propio SP. Nunca lo conocí personalmente, aunque era conocido por ser carismático y autoritario; de hecho, él era quien nos decía cómo hacer y nos controlaba. Cualquier desafío se contestaba con una de dos respuestas: «debes trabajar más duro» o «debes luchar con la práctica diaria» – que ahora sé que son respuestas bastante características de una secta.

Yo trabajaba de forma remunerada en una fábrica de embalaje, a la vez que hacía mi voluntariado en la librería de la O., durmiendo cuatro o cinco horas por noche, iba realmente agotada. Siempre íbamos en unidades de dos o tres personas, aislándonos del posible contacto con otras personas ajenas al movimiento, y ese secreto se extendía también hacia las otras unidades, de forma que nunca supimos lo que hacían las restantes, pero lo que nos imaginábamos es que estarían haciendo cosas realmente importantes en otros lugares.

El sexo y las relaciones estaban estrechamente controladas, ya que la intimidad podía ser una amenaza para el control de los miembros. En los momentos de máximo estrés con dos trabajos, tuve que cocinar, ir de compras, hacer la colada y escribir informes sobre mi transformación en una buena revolucionaria. No había tiempo para parar y ver que en realidad todo aquello era muy ilógico. Me empecé a sentir mal por la tensión, muy perturbada pero sin poder pensar con claridad. Si trataba explicar a alguien cómo me sentía, simplemente decía: «tu identidad burguesa se rompe. Debes transformarte a ti mismo”. La convicción de que yo estaba esforzándome por un mundo más justo me mantuvo en marcha.