Estuve en una secta política

A la edad de 26, Alexandra Stein se vio envuelta en una secta política secreta, que la privó de toda libertad personal, le alienó de sus amigos y familia,  y hasta le dijo con quién debía tener un hijo. Ella finalmente escapó a sus 36 años y reconstruyó su vida. Aquí explica cómo sintió que se le lavó el cerebro y terminó por quedar controlada en todos los aspectos de su vida. Traducción: Miguel Perlado, www.miguelperlado.com.

Yo no era el tipo de mujer joven que soñara con el matrimonio, aunque si me imaginaba una propuesta de ese tipo, desde luego nunca la imaginé bajo la forma de instrucciones precisas acerca de con quién debía emparejarme y quedar embarazada. Y eso fue lo que sucedió después de ser reclutada en la Organización (de aquí en adelante, O.),  una bizarra “organización” política que dominó mi vida a lo largo de los años 80. Recibí un mensaje en el correo del que pretendía ser mi marido -de hecho, un ex compañero de piso – en donde me decía: ‘Es mi conocimiento el que me indica que debemos empezar una RP (relación personal) con el objetivo estratégico de tener un hijo”.

Siempre fui algo vagabunda. Nací en Sudáfrica hija de padres activistas políticos, que se trasladó a Londres en protesta por el régimen del Apartheid, creciendo en Berkeley, San Francisco, y a la edad de 18 años, ya estaba como voluntaria en una clínica gratuita para los pobres, viviendo en una casa compartida.

Como idealista política que era, me apetecía participar en un movimiento organizado políticamente, y en 1980, me quedé intrigada cuando conocí a un hombre involucrado en la O. Inicialmente, me habló bastante en secreto sobre el movimiento. Quería cambiar el mundo y el hecho de que la junta era “underground” lo hizo más atractivo.

Me presentaron a la O a través de un correo electrónico (la única forma de comunicación con el líder del grupo, conocida como el SP, o secretaría del programa), en donde se me invitaba a Minneapolis, en donde se encontraba el Cuartel General de la O.

Empecé a compartir una casa en una zona sombría de la ciudad con otros dos miembros  de la O, Bruce y Ted. En lugar de paredes, había pantallas divisorias entre habitaciones, dormitorios, no teníamos intimidad.

No había nada de camaradería o del calor que yo había conocido de otros activistas,  y nunca se reunieron más de cinco o seis miembros en un momento dado. Encontré Bruce desagradable, pero me gustaba Ted, aunque sólo hablamos de trabajo, ya que de hecho la charla ociosa era desalentada por la O.