Mis años en una comunidad budista cerrada

Cuando me convierto en simpatizante y voluntario

Después del retiro pasé a formar parte del grupo de estudios. Nos reuníamos cada mes para recibir enseñanzas del Lama y hablar de nuestros problemas, que el Lama y sus asistentes escuchaban atentamente.

Las sesiones del grupo de estudios estaban organizadas de tal manera que los que eran voluntarios pudieran participar en la organización del centro. Yo mismo no tardé mucho en solicitar ser aceptado como voluntario.

El monje responsable del voluntariado me atendió personalmente y me propuso un puesto que, increíblemente, coincidía con mis aspiraciones. Con esta alegría, me comprometí a ir a la comunidad todos los domingos.

Paralelamente, en el grupo de estudios me propusieron, para solucionar mis problemas en el trabajo, que pidiera me pusieron en la lista de las oraciones del monasterio. Decían que aquello era “infalible”. También me recomendaron una visita privada con el Rinpoché del monasterio que tenía una gran fama de sanador aunque siempre estaba muy ocupado.

Un sábado que me aburría sólo en casa, decidí subir a la comunidad, y, aunque no pude ayudar en nada porque no era mi día, pude asistir a una conferencia sobre un proyecto de apadrinamiento de niños en Nepal. El proyecto era bonito, y positivo, pero al fin y al cabo, se tenía que mantener con dinero. Algo en mi interior me impulsó a dedicar la paga extra de aquel trimestre exclusivamente a aquel proyecto. La monja que daba la conferencia se puso muy contenta y después me invitó a un té, donde me explicó los entresijos del proyecto, las tremendas dificultades y de las personas que, malignamente, se oponían al proyecto en Nepal y a otros proyectos iniciados desde la comunidad. Me sorprendió mucho aquel relato, no cabía en mi cabeza que hubiera gente que pensara que en la comunidad se llevaba una práctica deshonesta, sin duda debían ser unos locos envidiosos.