Mis años en una comunidad budista cerrada

El acoso

Un día el Rinpoché me propuso hacer un viaje a América, a un lugar sagrado de peregrinación. La pega era que me tendría que pagar el pasaje. A mi nunca me encajó que un lama budista fuera de peregrinación a lugares en América Latina donde el animismo y el chamanismo campan a sus anchas, pero como el Budismo tibetano tiene mucho de mágico nunca le di mayor importancia. El hecho era que aquel viaje no me interesaba demasiado.

Pero el Rinpoché insistió mucho y para mí, que era un discípulo obediente, me resultaba difícil decir que no. Me inventé la excusa de que no tenía dinero, pero él me propuso otra vez vender mi piso, así tendría más dinero para vivir en la comunidad más tiempo, pagarme ese viaje y otros que estaban por venir y hacerle a él una buena ofrenda.

Yo me negué rotundamente a deshacerme de lo único que me quedaba en «samsara», no quería renunciar a mis lunes de tranquilidad, comida y sueño.

A partir de allí el Rinpoché dejó de hablarme. Cuando me pedía algo debido a mi trabajo me miraba como si fuera transparente, y aquella actitud se contagió a los asistentes. A partir de aquel momento me hicieron el vacío, como si no estuviera y empezaron a ponerme trabas en todo lo que hacía.

Al principio me pareció que era normal debido a alguna energía muy negativa que hubiera sido recogida por el monasterio, pero aquella actitud duraba ya varias semanas cuando, un día, mientras estaba en el lavabo, escuché como el Rinpoché y el segundo entraban juntos y, creyendo que estaban solos, comentaban como «iba mi jugada». El segundo respondió que de momento estaba aguantando más de lo previsto. El Rinpoché dio la instrucción de que se me apretaran más las tuercas.

Efectivamente, se corrió el rumor de que una de las monjas se había metido conmigo en la cama dentro del monasterio, cosa que estaba totalmente prohibida. Aquello era una completa mentira, claro.