Mis años en una comunidad budista cerrada

Aprender a pescar

El trabajo que empecé a aprender de los otros monjes era bastante difuso. Algunos tenían la función de atender personalmente a los turistas y cursillistas que aparecían por allí los fines de semana y de dar parte al jefe de voluntarios de todo lo que vieran de excepcional.

Muchas personas que aparecían por la comunidad venían con necesidad de un hombro en el que llorar, alguien amable que escuchara sus preocupaciones. Muchas personas en esta actitud eran empresarios o directivos que no habían podido encontrar otra vía de escape a su humanidad que volverse hacia la religión. También había madres adineradas con hijos ociosos o drogadictos. También había personas como yo, trabajadores cualificados que, atraídos por la fama internacional del Budismo, pasaban por un bache en la vida debido a una depresión o una separación de pareja, y creían encontrar allí un alivio al dolor de sus almas.

Había también muchas familias monoparentales (padre o madre con un hijo), separados de todo tipo que buscaban una fácil solución emocional y un grupo sano con el que relacionarse.

Los asistentes se encargan principalmente de detectar a estas personas y encaminarlas a que hicieran los cursos de relajación o meditación. A veces esta información era recogida directamente en los cursos, en las visitas del museo, en el bar/restaurante o en la tienda. Los asistentes del Rinpoché siempre estaban presentes por algún lado para ver que podían pescar.

Naturalmente también había turistas normales que se quejaban de que la comida era cara, que los profesores no estaban cualificados y que el museo no había cambiado nada en los últimos 5 años. Pero estas personas no interesaban ya que no mostraban interés en la comunidad ni inquietudes espirituales de ningún tipo.