Mis años en una comunidad budista cerrada

4. Soy un residente más

Al cabo de poco tiempo como residente en la comunidad volví a mi antiguo rol de trabajador adicto, cosa que me salía muy bien porque soy bueno haciendo lo que se hacer. Ciertamente el ritmo de la vida del residente era bastante distinto a la del voluntario, sobre todo de noche. Después de cenar, los residentes que trabajábamos en las oficinas volvíamos a seguir trabajando en las cosas que teníamos asignadas; se fomentaba esta actitud que, aunque era negativa en los trabajos mundanos, era muy positiva en la comunidad porque permitía tener el monasterio abierto por el bien de todos los seres y eso nos hacía acumular mucho mérito.

Aunque tenía un puesto de responsabilidad y conocía muchos entresijos de las cuentas y otras cosas de la comunidad siempre me mantuve discreto y obediente.

Soy un monje más

Un día apareció en la oficina el Rinpoché, con el segundo, el jefe de voluntario y algunos de los monjes residentes, en actitud solemne, llevando una bandeja con un hábito doblado que me entregaron. Me quedé atónito. El Rinpoché me explicó que aunque no era frecuente en los últimos tiempos, a veces él ofrecía el hábito de monje a algún colaborador o residente de confianza como lo yo había demostrado claramente, aunque no fuera pedido. Yo no sabía que decir. El Rinpoché insistió y me dijo que si vivía allí era mucho mejor que vistiera el hábito de monje.

A partir de aquel día se me permitió estar más cerca del grupo de asistentes del Rinpoché con el objetivo de aprender lo que hacían y cómo lo hacían. Yo no cabía dentro de mi de orgullo y felicidad. Estaba seguro que con aquello se acabaría mi tristeza y mi depresión.