Mis años en una comunidad budista cerrada

No vendo mi piso

Durante la primera semana de residente en el centro, el Rinpoché visitó de improvisto la oficina donde trabajaba cuando estaba solo. Muy feliz por su augusta presencia, se me soltaba la lengua hablando de mil cosas. El Lama me abrazó muchas veces en aquella época dándome ánimos para salir adelante. Un par de veces insistió en que debería vender mi piso para poder costearme los viajes que me tenía preparados y también, como no, para poder hacerle alguna ofrenda digna.

Aunque sabía que esto que me proponía era habitual en Él, no acababa de tener claro lo de vender mi piso, entre otras cosas porque los lunes (el día festivo de la comunidad) bajaba a mi casa donde podía hacer todo lo que no hacíamos como residentes: ver la tele, comer carne, dormir la siesta, y tener relaciones sexuales.