Mis años en una comunidad budista cerrada

Yo podría ser tu hermano o tu padre. Yo podría ser tu compañero de trabajo, tu amigo de toda la vida. También podría ser tu pareja. Tengo nombre y apellidos, pero para este relato voy a usar un pseudónimo. Mi nombre será “Ricardo”.

1. Cuando entro en contacto con el grupo

Yo era una persona normal. Tenía mis más y mis menos con mi pareja y con los compañeros de la oficina. Cuando mi pareja me dejó después de 2 años viviendo juntos, casi sin darme cuenta me encerré en la pasión hacia el trabajo, que hacía muy bien y me permitía ganarme la vida de forma muy holgada.

Los fines de semana los pasaba haciendo turismo la mayor parte de las veces sólo o en compañía de alguna persona que encontraba en Internet. Sin embargo cada vez pasaba más tiempo trabajando.

Un día, algunos compañeros de la universidad en la que estudié me convencieron para hacer una excursión cerca de Barcelona.

Durante esta excursión tuvimos una discusión un poco agria que nos distanció más de lo que ya estábamos y yo decidí quedarme a comer en el restaurante de la comunidad budista mientras que mis amigos prefirieron seguir a pie hasta en la excursión que tenían marcada.

Allí me quedé sólo. No era la primera vez que visitaba un sitio turístico en soledad. La sensación de paz y silencio del campo circundante estaba mezclada con la música que salía de los altavoces del restaurante (servido por monjes) y por el gentío que constantemente entraba y salía por las puertas del palacio.

Me acerqué a la tienda para ver qué productos ofrecían y si algo me interesaba. Allí encontré varias chicas que me atendieron muy amablemente. Compré incienso, unas velas y un libro sobre Budismo. Me fijé en cómo iban vestidas las chicas. Me explicaron que eran monjas budistas. Me recomendaron que visitara el museo, cosa que hice y que me encantó. Otros turistas que habían por allí me comentaron que antes la visita era guiada en persona por un monje, y que ahora con los audio-guía había perdido mucho de su encanto. Una de estas personas me confió que subía regularmente para descargarse de energía negativa. Aquella confesión me hizo un poco de gracia, pensé que era broma, pero iba no, iba completamente en serio.

Aquel día, unos chicos que hacían de voluntarios los fines de semana allí tuvieron la amabilidad de acercarme a la ciudad en su coche, cuando terminaron sus faenas voluntarias.

Durante el viaje hacia Barcelona, aquellos chicos, que decían ser budistas, me hablaron maravillas de su maestro al que llamaban Lama y de lo a gusto que se encontraban al apartarse de la vida material de la ciudad para emplear su esfuerzo y su tiempo en un proyecto que les hacía ganar tantos “méritos”. Se les veía auténticamente felices y yo me sentí un poco envidioso hacia aquella felicidad, pero sobre todo hacia aquellos compañeros que en fraternal colaboración empleaban su tiempo en algo en lo que sin duda creían.