La idealización del yoga …

Estaba embarazada de 4 meses cuando empecé con las clases de yoga. Me pareció que el yoga podía ayudarme en esos momentos, había amigas que me habían hablado de los beneficios del yoga durante el embarazo y finalmente me animé a hacerlo.
Conocí a un profesor de yoga en las jornadas de Biocultura en Barcelona. Y así empecé. Al principio todo era de lo más normal: hacía clases para embarazadas y hatha yoga, la verdad que me hacía bien y me sentía mejor físicamente con las molestias típicas del embarazo.

Nació mi hija y estuve unos cinco meses sin actividad porque el embarazo, el parto y el post-parto son muy intensos, pero después de este tiempo retomé mis clases de yoga. Practicar yoga me hacía sentirme bien, mi espalda y cervicales estaban mejor que nunca porque trabajo muchas horas delante de un ordenador y siempre he sufrido de contracturas.

Pero sin saber muy bien cómo, poco a poco y sin ser muy consciente de ello, me vi apuntándome a algunas “terapias” y jornadas que no tenían nada que ver con la  práctica del yoga. En el centro de yoga te informaban de estas actividades (ceremonias de Shiva, constelaciones familiares, meditaciones, cantos de mantras, bailes de salón, etc.), a la vez que mi mismo profesor de yoga me hablaba sobre ellas y me animaba a apuntarme a alguno de los cursos que él también realizaba.

Concretamente, un día fui a una relacionada con temas de “bioenergía” y creo que es allí dónde mi profesor de yoga me enganchó como cliente de sus “terapias”. Yo padecía y padezco de una discapacidad física que me costó mucho superar. Él se ofreció a tratármela y me aseguró que en 4 sesiones ¡¡¡me curaría!!! Y que encima ¡¡¡no me cobraba ni un duro por ello!!!.