Iglesia de Boston. ¡Salvado!

Al final llegué a estar convencido de que era correcto lo que enseñaban. Ahora estaba preparado para entrar en la élite de Dios, para convertirme en uno de los pocos ‘verdaderos’ cristianos que existen y para empezar una vida nueva con la misión de ‘buscar y salvar las almas perdidas’. Me bautizaron en el garaje del líder de la LCC, un americano que vino a Gran Bretaña desde Boston en los primeros días de la expansión internacional del movimiento. Muchos se vieron sumergidos en ríos o estanques de la zona. A diferencia de muchas de las iglesias principales, LCC cree que el bautizo es el momento de la conversión y la salvación. Desde entonces me consideraron como un miembro del grupo.

Convertirme en un miembro conllevó un cambio radical de mi situación personal. Esperaban de mi que captara a nuevos interesados. Mi familia no estaba particularmente interesada, pero esto no importaba ya que LCC reclutaba en evangelismo callejero con un alto nivel de organización y una gran regularidad, lo que llamaban ‘blitzing’. Solíamos invitar a transeúntes de la misma manera de como había invitado a mí  y si fuera posible obtener su número de teléfono para hacer el “seguimiento”.  Cientos, a veces miles de personas podían ser abordadas en un período de algunas horas.  En otras ocasiones, los miembros iban por todas las líneas de metro que tiene Londres, predicando y captando nuevos adeptos mientras viajaban. Abordar a extraños nos dejó a menudo muy desanimados. Los pasajeros eran muchas veces maleducados y en ocasiones atacaban a los evangelizadores, pero precisamente esto aumentaba nuestra convicción de ser la elite justa combatiendo las fuerzas de Satanás. Una reacción hostil demostraba que su “corazón estaba cerrado” a la Verdad.

Quedaba poco tiempo libre. El mínimo de tres reuniones eclesiásticas oficiales fue complementado con encuentros informales a los que había que asistir obligatoriamente.  Se esperaba que empleáramos nuestro tiempo libre de manera “productiva”, o sea, evangelizando o estudiando la Biblia con futuros nuevos adeptos.  Una noche tranquila mirando la televisión no era posible, salvo quizás los sábados. Creaban un sentimiento de culpabilidad entre los miembros por pereza o falta de cariño por las “almas perdidas”. ¿Cómo podíamos ser tan insensibles cuando había un planeta lleno de gente destinada a ir al infierno?